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Del Dolor Nació la Diosa de la Venganza romance Capítulo 95

Joaquín se movió rápido; antes de que Gisela pudiera reaccionar, él la aventó al suelo con fuerza.

Las rodillas de Gisela golpearon el piso de lleno. El dolor punzante se extendió por todo su cuerpo en un instante.

Apoyó las manos sobre el suelo y soltó un gemido de dolor.

Las demás mujeres a su alrededor chillaron y corrieron para apartarse, mirando a esos hombres con miedo y nerviosismo.

La voz de Joaquín retumbó sobre ella, cargada de insultos:

—¡Hoy te voy a destruir, maldita!

Gisela alzó la mano y, con todas sus fuerzas, lo apartó.

—¡Lárgate!

Joaquín escupió al piso y se hizo a un lado con rapidez.

Gisela se levantó a toda prisa, tomó una botella y se replegó hacia una esquina, sin quitarle los ojos de encima a Joaquín.

Durante todo este tiempo, Nelson se mantuvo impasible, como si nada le importara.

La humillación le caló hondo a Gisela.

Hace apenas unos minutos, había albergado la esperanza de que Nelson supiera distinguir lo correcto de lo incorrecto.

Qué equivocada estaba.

Joaquín se limpió la comisura de los labios y se le dibujó una sonrisa torcida y cruel.

—¿A poco sí te dio miedo, Gisela? ¿Y cuando me pegaste hace rato, no te temblaba la mano?

Dicho esto, avanzó hacia ella a grandes pasos.

Nelson intervino entonces, su voz grave cortó el aire:

—Ya basta.

Joaquín bajó el tono, pero no la ira:

—Señor Nelson, ¡ella me pegó con una botella!

Nelson lo miró. Sus ojos, oscuros y cortantes, parecían atravesar a cualquiera.

Joaquín, aunque tenía muchas ganas de replicar, se tragó las palabras al encontrarse con esa mirada.

Gisela se quedó inmóvil, con la botella apretada en la mano, negándose a soltarla.

Nelson levantó la mano y acomodó una serie de vasos frente a él, alineándolos con precisión. Habló con voz serena:

—Ven aquí.

Gisela apretó más la botella.

—¿Qué quieres?

Nelson llenó dos filas de vasos, diez en total, hasta el borde.

—Te tomas estos y te dejo irte.

Cuando escuchó la palabra “irte”, los ojos de Gisela brillaron un instante.

Pero esa chispa se apagó enseguida.

Eran diez vasos de licor. Si se los tomaba todos, probablemente acabaría en el hospital.

Gisela forzó una mueca, alzó el vaso y de un trago vació el primero.

El licor que Nelson había elegido era de los más fuertes.

Le quemó la garganta y la hizo toser sin parar, apretándose el pecho con la mano.

Pero Nelson ni pestañeó.

—El segundo.

Gisela, desorientada y con la garganta ardiendo, hizo lo que él pedía y tomó el siguiente vaso.

Luego vino el tercero…

El cuarto…

Y después el sexto.

No pudo más. El estómago le ardía tanto que sentía como si mil agujas la atravesaran por dentro, el dolor era insoportable.

Se dejó caer al suelo, encogida, tratando de alcanzar el siguiente vaso cuando la voz seca de Nelson la detuvo.

Mientras tanto, no podía dejar de toser, sentía que los pulmones se le iban a salir y la cara se le enrojecía tanto que apenas podía abrir los ojos. Sentía la garganta como si la hubiera tragado fuego.

—¿Para qué vienes aquí si no puedes tomar?

Gisela se obligó a sonreír con sarcasmo.

Así era Nelson. Solo con ella podía ser tan cruel.

Sin pensarlo más, tomó el séptimo vaso y lo bebió de un solo golpe.

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