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Después de que mi Esposo me Lanzó de un Acantilado, Regresé para Destruirlo Todo romance Capítulo 15

El encuentro con Roberto Márquez dejó a Liam de un humor de perros.

Arrastró la silla de ruedas de vuelta a la habitación con brusquedad, su fachada de esposo devoto hecha trizas.

—¿Qué ha sido eso? —espetó, cerrando la puerta de un portazo.

Thaís lo miró con sus ojos grandes e inocentes.

—¿El qué? No he hecho nada.

—La forma en que te miraba ese imbécil. Y la forma en que tú lo mirabas a él.

Se acercó a ella, su rostro a escasos centímetros del de ella. Su aliento olía a champán y a rabia.

—No quiero que te le vuelvas a acercar. ¿Entendido? Es un enemigo.

—No sé quién es… —mintió ella, encogiéndose en la silla—. Lo siento.

Su sumisión pareció calmarlo un poco. Soltó un bufido de desprecio y se apartó, sacando su teléfono del bolsillo.

Marcó un número.

—Diego. Soy yo.

Thaís aguzó el oído. Diego Salazar. El mejor amigo de Liam. Un parásito arrogante que siempre la había mirado por encima del hombro.

Liam se paseaba por la habitación mientras hablaba, dándole la espalda.

—Sí, el evento ha sido un coñazo. Pero ha servido para que la gente vea a Thaís. Hay que mantener las apariencias, ya sabes.

Escuchó al otro lado de la línea. La voz de Diego era lo suficientemente alta como para que Thaís pudiera oír fragmentos a través del auricular.

“…¿cómo está la bella durmiente? ¿Sigue con la cabeza en las nubes?”

Liam soltó una risa seca, sin humor.

—Peor. Está como una niña pequeña. Asustada de su propia sombra. Es patético.

El corazón de Thaís se detuvo.

Patético.

Así la veía él.

“…bueno, míralo por el lado bueno”, dijo la voz de Diego, burlona. “Al menos ya no tienes que aguantar sus charlas sobre arte y filosofía. ¡Qué aburrimiento! Siempre pensé que era demasiado lista para su propio bien. Ahora tienes a Camelia, que es mucho más… divertida”.

Thaís apretó los puños bajo la manta de seda. La rabia era un sabor metálico en su boca.

El amor que ella había sentido por él, la vida que habían construido, todo se desmoronó en su mente, convirtiéndose en cenizas.

El hombre del que se había enamorado nunca había existido.

Había sido una ilusión. Un papel que él había interpretado para conseguir lo que quería.

Liam colgó el teléfono y se giró hacia ella, su rostro volviendo a adoptar la máscara de falsa preocupación.

—¿Necesitas algo, mi amor? ¿Estás cómoda?

Thaís levantó la vista. Lo miró a los ojos.

Y por primera vez, no vio al hombre que había intentado matarla.

Vio a un gusano.

Y sintió un profundo y absoluto desprecio.

—No, gracias —dijo, su voz un susurro suave como la seda—. Estoy perfectamente.

Él le sonrió, satisfecho.

No tenía ni idea de que acababa de firmar su propia sentencia de muerte.

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