Esa noche, la espera fue una tortura.
Liam vino a cenar, como de costumbre. Se sentó a su lado, hablándole de su día, de sus reuniones, de sus planes para “revitalizar” la empresa. Cada palabra era una mentira, una capa más de barniz sobre la podredumbre.
Thaís comió en silencio, con la cabeza gacha, asintiendo y sonriendo en los momentos adecuados. La pequeña memoria USB parecía un trozo de hielo bajo la almohada, quemándole la piel.
Cuando él finalmente se fue, dándole un beso paternal en la frente, ella esperó una hora más, contando los segundos, por si acaso volvía por algo que hubiera olvidado.
Luego, con el corazón desbocado, sacó la tablet y la memoria USB.
La secó cuidadosamente con un pañuelo, frotando cada milímetro. Rezó para que el agua no la hubiera dañado. Era su única línea de comunicación con el exterior, su única esperanza.
Conectó el pequeño dispositivo al puerto de la tablet.
Una ventana apareció en la pantalla, pidiendo una contraseña.
Thaís sonrió por primera vez en mucho tiempo. Era una sonrisa genuina, aunque amarga. Virginia siempre había sido precavida, casi paranoica. Una cualidad que ahora valoraba más que nunca.
Probó la primera cosa que se le vino a la mente. El apodo que Virginia le puso cuando tenían diez años y Thaís se cayó de un árbol intentando rescatar a un gato del vecino.
“GatoRoto”.
La ventana desapareció.
Una carpeta se abrió en la pantalla.
Dentro, solo había un archivo. Un documento de texto llamado “Limpieza”.
Thaís lo abrió.
Era una lista.
Una larga lista de nombres.
Al lado de cada nombre, había un cargo y una fecha.
“Hablé con algunos. Están devastados. Y furiosos. Me costó encontrarlos, Liam les hizo firmar acuerdos de confidencialidad muy agresivos. Pero están esperando una señal. Tu señal”.
Thaís cerró el documento y se apoyó en las almohadas, la tablet pesando en su regazo.
La rabia que sintió al principio fue reemplazada por una fría y clara resolución.
Esto no era solo una lista de despidos.
Era una lista de sus soldados.
Un ejército en el exilio, herido y resentido, esperando a su reina para volver a la carga.
Liam creía que había eliminado a sus aliados.
En realidad, se los había entregado en bandeja de plata.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Después de que mi Esposo me Lanzó de un Acantilado, Regresé para Destruirlo Todo