Al día siguiente, Thaís decidió que era hora de inspeccionar más a fondo el territorio enemigo.
Después del desayuno, mientras Liam estaba al teléfono en su despacho, ella comenzó a caminar por la casa, apoyándose ligeramente en las paredes, proyectando una imagen de fragilidad.
—Voy a… intentar caminar un poco —le dijo a Elena—. Para recuperar fuerzas.
Su objetivo era claro: su estudio.
El ala oeste de la mansión. Su santuario. El lugar donde nacían todas sus ideas.
Al llegar, encontró la puerta entreabierta.
Desde dentro, escuchó la voz de Camelia, hablando por teléfono en un tono irritado.
—¡No, no lo entiendes! Se arruinaron por completo. Horas de trabajo a la basura. Y ahora tengo que empezar de cero para la reunión del viernes.
Thaís empujó la puerta suavemente y entró.
El corazón se le detuvo.
El estudio era irreconocible.
Sus libros de arte y sus muestras de tela habían sido reemplazados por revistas de moda chismosa. Sus maniquíes personalizados estaban arrinconados, cubiertos con una lona.
En el centro de la habitación, donde solía estar su gran mesa de dibujo de roble, ahora había un escritorio moderno de cristal y metal.
Y sentada en él, como una usurpadora en su trono, estaba Camelia.
Estaba frente a un ordenador de última generación, el de Thaís, rodeada de sus pertenencias.
Al ver a Thaís, Camelia colgó el teléfono abruptamente.
—Thaís. ¿Qué haces aquí? Deberías estar descansando.
—Yo… solo quería ver mi estudio —dijo Thaís, su voz un susurro. Miró a su alrededor con una confusión perfectamente fingida—. Pero… está todo tan diferente.
Camelia se levantó, incómoda.
—Bueno, como pasas tanto tiempo aquí, Liam pensó que sería un buen lugar para que yo pudiera trabajar desde casa. Para estar cerca y ayudarte si lo necesitas.
Una mentira flagrante.
—Oh. Entiendo —dijo Thaís—. ¿Ese es mi ordenador? Recuerdo que tenía uno muy grande.
Se acercó al escritorio, sus pasos lentos e inseguros.
—Sí, pero… —empezó Camelia, nerviosa.
Thaís se inclinó sobre el escritorio, como para ver mejor la pantalla.
Mostraba un complejo programa de diseño gráfico. En el centro, un archivo a medio terminar: la versión digital de los bocetos que había arruinado la noche anterior.
—Vaya, qué complicado parece todo esto —dijo Thaís.
Y entonces, su mano “débil” se desequilibró.
Camelia se abalanzó sobre el teclado, tecleando frenéticamente, intentando deshacer la acción.
—¡No puede ser! ¡No está! ¡Lo has borrado!
Se giró hacia Thaís, sus ojos echando chispas de furia pura.
—¡Mi trabajo! ¡He perdido todo mi trabajo!
—¡Lo siento, Camelia, de verdad! —llorizó Thaís, sus ojos llenándose de lágrimas—. ¡Soy tan inútil! ¡Todo lo que toco lo rompo!
Camelia la miró, temblando de rabia, pero de nuevo, estaba atrapada.
¿Cómo podía culparla?
Era solo una pobre mujer enferma, torpe y confundida.
Un accidente.
Otro accidente.
Thaís dio media vuelta y salió del estudio, sollozando suavemente.
Pero una vez en el pasillo, fuera de la vista de Camelia, las lágrimas se secaron.
Y en sus labios, se dibujó una sonrisa helada.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Después de que mi Esposo me Lanzó de un Acantilado, Regresé para Destruirlo Todo