Al día siguiente, la ansiedad de Camelia era palpable.
Thaís la encontró en su vestidor, que antes había sido el de ella. Un espacio enorme con armarios de suelo a techo, ahora abarrotado con la ropa llamativa de Camelia.
Estaba de pie en ropa interior frente a una montaña de vestidos tirados sobre la alfombra.
—¡No tengo nada que ponerme! —se quejó, al borde de la histeria.
Thaís se apoyó en el marco de la puerta, su expresión llena de una dulce y vacía preocupación.
—¿Pasa algo, Camelia? Pareces estresada.
Camelia se sobresaltó.
—¡Thaís! No te había oído. Es solo… la cena de mañana. Es muy importante y no sé qué vestido elegir.
—Oh. Liam me mencionó algo. Con unos inversores, ¿verdad?
Camelia la miró con desconfianza.
—Sí.
Thaís entró en el vestidor, sus movimientos lentos, como si estuviera explorando un lugar por primera vez.
—Quizás… quizás yo podría ayudarte.
Camelia soltó una carcajada.
—¿Tú? Thaís, con todo respeto, tú… no estás en condiciones de…
—Lo sé —la interrumpió Thaís, su voz teñida de tristeza—. Mi memoria para estas cosas es un desastre. Pero a veces… a veces tengo como un instinto. Veo una tela, un color… y simplemente sé.
Se acercó a uno de los armarios y pasó los dedos por las prendas.
—Liam dijo algo de un vestido rojo de Valentino.
—Sí, pero… no estoy segura. Es muy atrevido.
Thaís sacó el vestido. Era una pieza espectacular, de un rojo intenso, con un escote pronunciado y una silueta elegante. En una mujer con la clase adecuada, sería un triunfo. En Camelia, podría ser un desastre.
—Es moda —dijo Thaís, su voz llena de una autoridad que sonaba como un eco de su antiguo yo—. No se trata de combinar. Se trata de crear un impacto. De contar una historia. ¿Quieres que te vean como una simple mujer elegante o como un icono de estilo audaz?
La palabra “icono” fue el anzuelo definitivo.
Camelia se miró al espejo, sosteniendo las prendas. La duda fue reemplazada por una sonrisa de vanidad.
—Un icono de estilo… —repitió, saboreando las palabras—. Tienes razón. Es arriesgado. Es brillante.
Se giró hacia Thaís, su gratitud casi sincera.
—Gracias, Thaís. De verdad. No sé qué habría hecho sin ti.
—Para eso estoy —respondió Thaís con una sonrisa tierna—. Para ayudar.
Salió del vestidor, dejando a Camelia admirando su futura catástrofe en el espejo.
El primer sabotaje estaba en marcha.

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