Con Camelia convencida de su desastroso atuendo, Thaís pasó a la segunda fase de su plan.
La siguió hasta la cocina, donde Camelia se había puesto un delantal sobre la ropa para empezar a preparar su famoso postre.
—Huele delicioso, ¿qué estás haciendo? —preguntó Thaís, con curiosidad infantil.
Camelia estaba en su elemento, midiendo ingredientes, sintiéndose superior.
—Mousse de chocolate blanco y maracuyá. Es mi receta secreta. A los hombres de negocios les encanta. Les recuerda que una mujer puede ser dulce y exótica al mismo tiempo.
Una filosofía de vida tan superficial como la propia Camelia.
Thaís observó cómo disponía los cuencos sobre la encimera de mármol. Chocolate blanco de la mejor calidad, pulpa de maracuyá fresca, huevos, nata…
—Parece muy complicado —dijo Thaís, apoyándose en la encimera, cerca de donde Camelia trabajaba.
—Lo es. Requiere precisión. Cada gramo cuenta.
Thaís vio lo que buscaba. Dos tarros de cerámica idénticos, parte de un juego de diseño que ella misma había comprado años atrás. Uno para el azúcar fino. El otro, para la sal marina fina.
Estaban uno al lado del otro.
—¿Puedo ayudarte en algo? —preguntó Thaís—. Me siento un poco inútil. Me gustaría hacer algo.
Camelia la miró con condescendencia.
—No, querida. Es mejor que no toques nada. No queremos más accidentes, ¿verdad?
La pulla era evidente, pero Thaís la ignoró.
—Oh, mira ese aparato —dijo de repente, señalando una batidora planetaria de última generación que estaba en un rincón—. ¿Para qué sirve esa pala tan rara?
Camelia suspiró, irritada por la interrupción pero ansiosa por demostrar sus conocimientos.
—Eso es para amasar, Thaís. No para hacer mousse.
Se giró para explicarle, dándole la espalda a la encimera por un par de segundos.
Fue todo el tiempo que Thaís necesitó.
Con un movimiento rápido y silencioso, cambió los tarros de sitio.
El de la sal, ahora en el lugar del azúcar.
No había forma de que Camelia se diera cuenta. La sal fina y el azúcar fino eran visualmente idénticos. Y nadie en su sano juicio prueba la mezcla de yemas y azúcar crudos.
Camelia terminó de incorporar todos los ingredientes. La mousse tenía un aspecto perfecto: suave, aireada, con un delicioso aroma a maracuyá y chocolate.
Repartió la mezcla en seis copas de cristal de diseño.
—Listo —dijo, orgullosa de su trabajo—. Ahora solo necesitan un par de horas en el frigorífico para coger la consistencia perfecta.
Metió las copas en la nevera con un cuidado exquisito.
Se giró hacia Thaís con una sonrisa de suficiencia.
—¿Ves? Precisión.
Thaís le devolvió la sonrisa.
—Se ve delicioso. Estoy segura de que a tus invitados les encantará.
Por dentro, estaba saboreando la humillación que estaba a punto de servirse.
Un postre tan salado que sería inolvidable.

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