La cena fue una sinfonía de tensión.
Los dos inversores, el señor Valverde, un hombre mayor, de traje impecable y mirada astuta, y el señor Chen, más joven, silencioso y observador, comieron con una cortesía gélida.
Liam se esforzaba por ser el anfitrión perfecto, llenando las copas de vino, hablando de proyecciones financieras y de la brillantez del mercado de lujo.
Pero toda la atención estaba puesta en Camelia.
Y ella era un desastre andante.
El vestido rojo Valentino, que debería haber sido un símbolo de poder, en ella parecía un disfraz. Combinado con las vulgares plataformas doradas y el collar recargado, no parecía una diseñadora de alta costura, sino la excéntrica esposa de un mafioso.
Thaís la observaba desde el otro lado de la mesa, comiendo en silencio, su rostro una máscara de dulce confusión.
Notó las miradas de reojo que los inversores se lanzaban entre sí. Vio la sonrisa forzada del señor Valverde y la forma en que el señor Chen evitaba mirar directamente a Camelia.
La conversación de Camelia era aún peor que su atuendo. Intentaba hablar de arte y moda, pero solo recitaba frases hechas de revistas, sin profundidad ni conocimiento real.
Liam intentaba redirigir la conversación hacia los negocios cada vez que ella abría la boca. Su mandíbula estaba tan apretada que Thaís se preguntó cómo no se le rompían los dientes.
Finalmente, llegó el momento del postre.
—Camelia ha preparado su postre especial para ustedes —anunció Liam, con un último y desesperado intento de vender su imagen—. Es una receta única.
La criada sirvió las elegantes copas de cristal. La mousse tenía un aspecto divino. Blanca, suave, con una delicada salsa de maracuyá por encima.
Los inversores tomaron sus cucharas, expectantes.
Thaís contuvo la respiración.
El señor Valverde fue el primero en probarlo.
Se llevó una cucharada a la boca. Su expresión cambió al instante. La sorpresa dio paso a la incredulidad y, finalmente, a una mueca de puro asco.
Intentó disimular, tosiendo discretamente en su servilleta.
El señor Chen lo probó a continuación. No fue tan sutil. Sus ojos se abrieron de par en par y tuvo que beber un gran sorbo de agua para no escupir.
—¿Pasa algo, señores? —preguntó Liam, su sonrisa comenzando a desvanecerse.
Camelia los miraba, ajena a todo, esperando los halagos.
La humillación de Camelia fue total y absoluta.
Estaba sentada allí, vestida como un payaso, habiendo servido un postre incomible, mientras la mujer a la que había intentado reemplazar la consolaba por su incompetencia.
—Yo… yo… —tartamudeó, al borde de las lágrimas—. No sé qué ha podido pasar.
El señor Valverde se limpió la boca con la servilleta y se puso de pie.
—Liam, ha sido una velada… interesante. Pero se nos ha hecho tarde.
El señor Chen ya estaba en la puerta.
La cena había terminado. El trato, probablemente también.
Liam se quedó paralizado, viendo a los inversores marcharse, su rostro una máscara de furia contenida.
La humillación no había sido solo para Camelia.
Había sido para él.

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