La guerra de guerrillas estaba funcionando.
Cada pequeño acto de sabotaje, cada humillación sutil, estaba desestabilizando a sus enemigos.
Pero Thaís sabía que para ganar, necesitaba un golpe decisivo. Un ataque tan devastador que demoliera los cimientos del poder de Camelia de una vez por todas.
Necesitaba acceso a la nueva colección.
La colección de bolsos que Camelia iba a presentar como su gran debut, su coronación como la nueva genio creativa de Monteverde Lux.
La oportunidad llegó gracias a la “puerta trasera” del sistema que el joven informático le había revelado.
Esperó a que la oficina se vaciara. La noche era su mejor aliada.
Bajo la tenue luz del monitor de su viejo ordenador, introdujo la contraseña.
1998. El año en que, con veinte años, había fundado la empresa en un pequeño taller con sus propios ahorros.
Acceso concedido.
Una ventana se abrió en su pantalla, dándole acceso total a los servidores de la empresa.
Era como tener las llaves de todo el reino.
Navegó con rapidez hasta la carpeta del departamento de diseño, protegida por varias capas de seguridad que ahora eran inútiles.
Dentro, encontró lo que buscaba.
“Colección Renacer - C.R.”
Una punzada de ira la atravesó al ver las iniciales de Camelia. “Renacer”. Qué ironía.
Abrió la carpeta.
Estaba llena de archivos. Bocetos digitales. Fichas técnicas. Renderizaciones en 3D. Órdenes de materiales.
A primera vista, los diseños eran impresionantes. Elegantes, modernos, con un toque vanguardista.
Pero a Thaís no le impresionaron.
Porque eran suyos.
Reconoció cada línea, cada curva, cada herraje. Eran los bocetos de su última colección, la que estaba desarrollando antes del acantilado. Ideas robadas de sus cuadernos personales, a los que Liam seguramente le había dado acceso a Camelia.
La rabia inicial fue reemplazada por un frío desprecio. Camelia no era una diseñadora. Era una ladrona. Una simple copista.
Cuando se exponía a cambios bruscos de temperatura —como salir de una tienda con aire acondicionado al calor de la calle en verano—, el polímero se volvía quebradizo.
Y el anclaje que unía el asa de resina al cuerpo del bolso era de metal. El metal se expande con el calor a un ritmo diferente que la resina.
La tensión sería mínima al principio.
Pero después de unos pocos usos, en un día caluroso, una microfisura aparecería en la base del asa.
Y entonces, sin previo aviso, el asa se rompería.
El bolso, con todo su contenido, se estrellaría contra el suelo.
Era un defecto catastrófico. Un fallo de diseño tan fundamental que convertiría cada bolso de la colección en una bomba de tiempo.
Camelia, en su ignorancia, había copiado el diseño pero no la nota final que Thaís había escrito en su cuaderno: “Rechazado. Fallo estructural en el anclaje del asa. Investigar alternativa de policarbonato”.
Thaís se recostó en su silla, la oscuridad de la oficina envolviéndola.
En la pantalla, el hermoso bolso brillaba, ajeno a su propia imperfección fatal.
Una sonrisa lenta y depredadora se dibujó en el rostro de Thaís.

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