La creciente popularidad de Thaís entre los empleados no pasó desapercibida para Camelia.
La envidia la corroía. Cada sonrisa dirigida a Thaís, cada murmullo de respeto, era una afrenta personal.
Decidió que era hora de poner a la “reina en el exilio” en su lugar.
Irrumpió en el cubículo sin ventanas de Thaís una tarde, sin llamar a la puerta.
Thaís levantó la vista de sus facturas, su rostro mostrando una suave sorpresa.
—Camelia. Qué visita tan inesperada.
Camelia no respondió al saludo. Miró el pequeño y deprimente espacio con una mueca de desdén.
Luego, dejó caer una pila de papeles sobre el escritorio de Thaís. Eran bocetos de diseños de zapatos, manchados de café.
—Quiero que pases a limpio estos bocetos —ordenó, su tono era el de una ama dirigiéndose a una sirvienta—. Y quiero copias. Cincuenta de cada uno. Para las cinco.
Era una tarea humillante, un trabajo para un becario, no para la fundadora de la empresa.
Thaís miró los papeles, su ceño frunciéndose con confusión.
—Pero… yo no sé dibujar muy bien ahora, Camelia. Mis manos… tiemblan. Y no sé usar la fotocopiadora. Liam dijo que solo debía hacer tareas sencillas.
La excusa, perfectamente razonable para una amnésica, solo enfureció más a Camelia.
—No me importa lo que dijo Liam. Yo soy la directora creativa aquí, y tú eres mi asistente. Harás lo que yo te diga. ¿Entendido?
Se inclinó sobre el escritorio, invadiendo el espacio personal de Thaís.
—O quizás prefieres volver a casa y quedarte mirando las paredes todo el día. Puedo arreglarlo con una sola llamada.
Thaís se encogió en su silla, sus ojos llenándose de lágrimas.
—No… por favor. No quiero volver a casa. Necesito estar aquí. Por favor, no te enfades conmigo. Haré lo que me pides. Lo intentaré.
Su voz era un susurro roto. Su cuerpo temblaba.
Era la imagen perfecta de una víctima aterrorizada.
—Más te vale —gruñó Camelia, saboreando su poder.
Pero no se dio cuenta de que la puerta del cubículo estaba abierta.
Y no vio a Ana, la recién ascendida coordinadora de proyectos, parada en el pasillo, con una expresión de horror en su rostro.
Ana no estaba sola. El director de Recursos Humanos, un hombre de la vieja guardia que siempre había respetado a Thaís, estaba a su lado, y había visto y oído toda la escena.
—Sí… gracias. Es que a veces… no entiendo las cosas. Y la gente se enfada. Es culpa mía.
Su actuación fue tan convincente que incluso Ana, que sabía la verdad, sintió una punzada de lástima.
El director de RRHH negó con la cabeza.
—No es culpa suya. No se preocupe. Me encargaré de que no vuelva a suceder.
Se fue, su rostro sombrío.
Thaís se quedó a solas con Ana, quien cerró la puerta.
—¿Está bien de verdad? —preguntó Ana, su voz llena de preocupación.
Thaís dejó de temblar. Las lágrimas se secaron como por arte de magia.
Miró a Ana, y en sus ojos ya no había miedo, sino el brillo frío y afilado del acero.
—Estoy perfectamente, Ana.
Y añadió, con una sonrisa que no llegó a sus ojos:
—Y creo que Camelia acaba de aprender una lección muy importante sobre acosar a los débiles.

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