Dos noches después, Thaís recibió un correo electrónico en su cuenta personal, una que había creado en secreto.
El remitente era anónimo. El mensaje contenía una sola palabra: “Medianoche”.
Era la señal.
Esperó a que la mansión se sumiera en el silencio. A que las luces de la habitación de Liam se apagaran.
Se vistió con ropa oscura y zapatillas de deporte, moviéndose con un sigilo que había perfeccionado en las últimas semanas.
Salió por una puerta de servicio, cruzó los jardines y se deslizó hacia un coche que había pedido a través de una aplicación con un teléfono de prepago.
Diez minutos después, el coche la dejaba a dos calles del taller de producción principal de Monteverde Lux.
El resto del camino lo hizo a pie, manteniéndose en las sombras.
La puerta trasera del taller, la que usaban los proveedores, estaba entreabierta.
Entró.
El taller, normalmente un lugar bullicioso lleno de ruido de máquinas de coser y olor a cuero, estaba oscuro y silencioso. Las siluetas de las mesas de trabajo y los maniquíes parecían fantasmas en la penumbra.
Una figura se separó de las sombras.
Era Ricardo, el viejo jefe de taller. Sus ojos, acostumbrados a la oscuridad, estaban llenos de una mezcla de miedo y determinación.
—Señora —susurró, su voz ronca.
—Ricardo. Gracias por venir. Estás arriesgando mucho.
Él hizo un gesto, restándole importancia.
—Usted arriesgó mucho por mí cuando mi esposa enfermó hace años. Hay deudas que no se olvidan.
No perdieron el tiempo.
—Liam no se enterará de nada —la interrumpió él—. Está demasiado ocupado escuchando a los aduladores como para prestar atención a lo que pasa en el corazón de su propia empresa.
Hubo un ruido en la calle. Ambos se congelaron.
—Debes irte —dijo él—. Yo saldré en una hora, cuando empiece el turno de noche.
Thaís asintió.
—No olvidaré esto, Ricardo.
—Solo haga lo que tiene que hacer, señora —respondió él—. Devuélvanos la empresa que nos robaron.
Se dio la vuelta y se fundió de nuevo con las sombras del taller.
Thaís salió por la puerta trasera, con el corazón martilleándole en el pecho.
En su mano, apretaba con fuerza las dos pequeñas piezas que sellarían el destino de Camelia.

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