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Después de que mi Esposo me Lanzó de un Acantilado, Regresé para Destruirlo Todo romance Capítulo 52

De vuelta en la seguridad de su cubículo sin ventanas, con la puerta cerrada con el pestillo que ella misma había instalado discretamente, Thaís colocó las dos piezas sobre su escritorio.

La noche era su santuario. Nadie la molestaría hasta la mañana.

Observó el asa de resina y el anclaje de metal bajo la luz de un pequeño flexo. Parecían inofensivos. Un matrimonio perfecto de forma y función.

Pero ella conocía su secreto mortal.

Ahora solo tenía que confirmarlo.

De un cajón, sacó las herramientas para su experimento.

Un secador de pelo de viaje que guardaba para emergencias. Y una lata de aire comprimido, de las que se usan para limpiar teclados.

Primero, tomó el pequeño anclaje de metal con unas pinzas y lo calentó suavemente con el secador durante un par de minutos. No necesitaba estar al rojo vivo, solo tibio al tacto, simulando el efecto de una lámpara de calor o el sol de la tarde.

Luego, cogió la lata de aire comprimido. La invirtió.

En lugar de aire, la lata expulsó un chorro de refrigerante líquido a muy baja temperatura.

Roció el asa de resina durante unos segundos. La superficie brillante se cubrió al instante de una fina capa de escarcha. El cambio de temperatura fue brutal.

Ahora tenía los dos componentes en las condiciones exactas que había planeado para el día del desfile: un anclaje de metal expandido por el calor y un asa de resina contraída y fragilizada por el frío.

Con las pinzas, insertó con cuidado el anclaje caliente en el orificio helado del asa.

Encajó perfectamente.

Sostuvo la pieza ensamblada en su mano. A simple vista, era perfecta.

El asa se partió limpiamente por la base. El cuerpo principal cayó sobre el escritorio con un ruido sordo.

Thaís se quedó mirando los dos trozos rotos.

La prueba era irrefutable. La trampa era perfecta. Infalible.

Levantó la vista hacia el calendario digital de su ordenador.

La fecha del desfile de la colección “Renacer” estaba marcada con un círculo rojo que ella misma había dibujado.

Quedaban tres días.

Tres días para la caída de Camelia Rodríguez.

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