El fracaso de la adquisición de “Nómada” fue la gota que colmó el vaso para Liam.
No solo había perdido un objetivo estratégico; su rival se lo había arrebatado de nuevo, y esta vez, la narrativa en la prensa era humillante. Lo pintaban como un tiburón corporativo sin escrúpulos, en contraste con el “visionario ético” que era Roberto Márquez.
La noticia le llegó a Thaís a través de Julián.
Su hermano se había convertido en una fuente de información inesperada. Asustado por la caza de brujas y desesperado por seguir en el lado ganador, había empezado a contarle a Thaís los detalles de las crisis de Liam, en un intento de ganarse su favor.
—Nunca lo había visto así —le dijo Julián a Thaís en voz baja, durante un encuentro “casual” en la cocina de la mansión—. Entró en su despacho después de leer la noticia y no salió en una hora. Cuando Camelia intentó hablar con él, empezó a gritarle.
Thaís escuchaba, su rostro una máscara de preocupación fraternal.
—¿Discutieron?
—¿Discutir? —Julián soltó una risa nerviosa—. Fue una masacre. Él la culpó a ella.
Según el relato de Julián, Liam había acusado a Camelia de ser la fuente de las filtraciones.
“¡Todo empezó a ir mal desde que tú llegaste!”, le había gritado. “¡Ese desfile desastroso! ¡Seguro que hablaste de más! ¡Eres descuidada, incompetente!”.
Camelia, por supuesto, se había defendido.
“¿Yo? ¡El único problema aquí es tu exmujer! ¡Esa bruja amnésica que sigue rondando por la oficina! ¡Ella es la que nos trae mala suerte!”.
La discusión se había vuelto cada vez más agria. Se habían echado en cara los fracasos de los últimos meses, las humillaciones, la presión constante.
—Él le dijo que su presencia en la empresa era una distracción y que quizás debería tomarse unas “vacaciones” —continuó Julián, sus ojos muy abiertos por el drama.



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