La voz de Micaela resonó en su cabeza: «Gaspar usó lo que le sobraba para pagarte por tu juventud perdida y tu salud deteriorada. ¿De qué te sientes tan orgullosa?».
La expresión de admiración de Samanta se transformó de inmediato en una de resentimiento y amargura.
Miró las seis deslumbrantes joyas frente a ella, pero ahora las sentía frías y punzantes.
Esas joyas no podían considerarse regalos. Eran el pago de Gaspar por sus servicios.
También eran los simples accesorios para su teatro frente a Micaela y las medallas de su vanidad.
Justo en ese momento, alguien llamó a la puerta. Samanta miró la hora. ¿Quién podría ser tan tarde?
Cuando Samanta llegó al interfón de la sala y vio quién estaba afuera, se quedó helada por unos segundos. ¿Por qué había venido su padre?
—Samanta, sé que estás en casa. Abre la puerta —se escuchó la voz irritada de Néstor a través del video.
Samanta se dio la vuelta y corrió escaleras arriba. Apresuradamente, recogió todas las joyas de la mesa, las abrazó y las llevó a su habitación. Después de meterlas en el armario, se arregló la ropa y bajó a abrir.
Al abrir la puerta, vio que detrás de Néstor estaba Lara. Su expresión se agrió de inmediato.
—Papá, ¿qué hacen aquí a estas horas de la noche?
Néstor, con el rostro sombrío, le dijo:
—Entra, tengo que preguntarte algo.
Samanta se cruzó de brazos, le lanzó una mirada de fastidio a Lara y siguió a su padre hacia la sala. Sirvió dos vasos de agua del dispensador, pero Néstor sacó un cigarro y comenzó a fumar. Después de unas cuantas caladas, levantó la vista y la clavó en su hija mayor con una expresión lúgubre.
Samanta se sintió un poco intimidada por su mirada.
En el camino, Néstor le había contado que Gaspar era el que estaba detrás de todo. Lara todavía no podía creerlo.
—Samanta, dinos la verdad. ¿En qué ofendiste a Gaspar? Quizá todavía tengamos una oportunidad de arreglar las cosas —dijo Néstor, suavizando su tono inquisidor.
—¿Arreglar las cosas? ¿Cómo? —Samanta soltó una risa amarga, como si la frustración acumulada por tanto tiempo finalmente hubiera encontrado una válvula de escape.
—Sí, llegué a donde estoy gracias a Gaspar, ¡pero todo lo que tengo me lo gané con mi propia sangre! —dijo, y luego señaló a Néstor—. ¿Y tú? ¿Mi supuesto padre? ¿Dónde estabas cuando nos abandonaste a mi mamá y a mí en un barrio miserable en el extranjero como si fuéramos basura, mientras tú disfrutabas de la vida con tu adorada hijita?
Néstor se quedó sin palabras, con el rostro aún más desencajado.
Samanta continuó con una sonrisa burlona:
—¿Y yo? ¡Para salir de ese maldito hoyo, tuve que aferrarme a Gaspar con uñas y dientes! ¡Usé mi sangre, mi salud, para obligarlo a que me sacara de ahí y me pusiera donde estoy ahora! —Respiró hondo y siguió con la misma sonrisa fría—. Fui yo la que le pidió a Gaspar que te ayudara a que tu empresa cotizara en bolsa. Te eché una mano de buena fe, y no solo no me lo agradeces, sino que ahora que la empresa se va a pique, ¿me echas toda la culpa a mí? ¿Y por qué?

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