—Señor Gaspar, se me acabó una cosa para la cena, voy rapidito al súper a comprarla. ¡Me le echa un ojo a la señora, por favor! —dijo Sofía, y tras dejar sobre un mueble lo que traía en las manos, se dirigió muy discretamente hacia la entrada y salió de la casa.
Micaela frunció el ceño. Era obvio que Sofía estaba buscando una excusa para dejarlos solos. Se sintió incómoda de repente y cerró la laptop.
Gaspar se sentó en el sofá de enfrente, con la mirada todavía fija en el brazo vendado de ella.
—¿Todavía te duele la herida?
—Ya no —respondió Micaela, bajando la vista.
—La junta fue todo un éxito, aprendí bastante —dijo Gaspar sin dejar de mirarla—. Así que no te preocupes por las futuras inversiones.
Micaela desvió la cara para mirar por la ventana y respondió con un murmullo.
—Entendido.
Gaspar bajó la mirada; su voz sonó grave y firme.
—Sé que ya no tengo ningún derecho a darte explicaciones, pero hay algunas cosas que necesito decirte.
Micaela se giró para verlo, sin saber qué podría querer explicarle, pero decidió escuchar con paciencia.
—En aquel entonces, no quería que conocieras a Samanta Guzmán porque yo ya había visto su lado más retorcido. Era capaz de hacer cualquier cosa con tal de salirse con la suya. En ese entonces eras demasiado inocente y yo tenía miedo… miedo de que te hiciera daño.
Micaela lo escuchó en silencio, pero no pudo evitar soltar una risa amarga.
—O sea que preferiste verme la cara de estúpida.
Un profundo dolor cruzó por la mirada de Gaspar.
—Perdóname. Creí que podría encargarme de todo, pero al final te causé el peor de los daños.
Micaela recordó el consejo de Carlos; él le había dicho lo mismo en su momento.
Ahora, al escucharlo de boca del propio Gaspar, se sentía extrañamente en calma.
—Durante estos tres años, he estado impulsando el plan de tratamiento. Nunca imaginé que al final serías tú quien resolvería el problema. Estoy muy agradecido por todo lo que has hecho por la familia Ruiz. Eres la salvadora de nuestra familia. —Gaspar levantó la cabeza y la luz del sol que entraba por la ventana iluminó las venitas rojas en sus ojos. Era evidente que no había descansado bien durante su viaje al extranjero.
Micaela recordó la vez que lo investigaron por usar las opciones de la empresa para ganar dinero. Se notaba que, en efecto, había estado invirtiendo constantemente en el laboratorio de Ángel. Smith también había usado todos sus recursos para investigar una solución. Micaela solo había tenido la suerte de dar el empujón final que permitió el avance de toda la investigación.
De pronto, la mirada de Micaela se agudizó.
—Bueno, si de verdad me consideras la salvadora de tu familia, o si quieres que por fin hagamos las paces, cámbiamelo por la contraseña de ese archivo secreto del laboratorio.
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