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Divorciada: Su Revolución Científica romance Capítulo 1185

El rostro de Gaspar se quedó en blanco por un instante, pero su rechazo fue casi instintivo.

—No puedo.

Micaela ya se esperaba esa reacción. ¿Prefería renunciar a la oportunidad de reconciliarse con ella antes que revelarlo?

—¿Por qué? —Micaela lo miró directamente a los ojos. Su tono era tranquilo, pero con una firmeza que no admitía evasivas—. ¿Qué es lo que escondes ahí dentro? ¿Qué es tan importante que prefieres que te siga odiando antes que decírmelo?

A Gaspar se le movió de nuevo la nuez. Su expresión era compleja, indescifrable.

—Puedes pedirme cualquier otra cosa a cambio, menos eso. Pero te puedo asegurar que ese secreto no tiene nada que ver contigo y no le hará daño a nadie.

Micaela se mordió el labio. A pesar de que ya no estaban juntos y de que había madurado, al enfrentarse a él, las comisuras de sus ojos comenzaron a enrojecer sin poder evitarlo.

—Gaspar, siempre eres así. Siempre crees que tienes el derecho de decidir qué debo saber y qué me debes ocultar. Ese es el mayor problema entre nosotros.

Al ver cómo se le enrojecían los ojos y cómo un brillo de lágrimas asomaba en ellos, Gaspar sintió una punzada. Se levantó de inmediato y se arrodilló frente a ella, con la intención de secarle las lágrimas.

Pero en cuanto él extendió la mano, Micaela se la apartó de un manotazo y volteó la cara en señal de rechazo.

La mano de Gaspar quedó suspendida en el aire. Unos segundos después, la cerró lentamente en un puño y la retiró.

—Perdóname.

Micaela se secó rápidamente la humedad de los ojos sin querer mirarlo.

—Como no estás dispuesto a negociar, no tenemos nada más de qué hablar.

—Micaela… —Gaspar intentó decir algo más, pero ella lo interrumpió.

Sofía era la persona que había sido testigo más cercano de su relación. Desde que Pilar nació, había sido su cuidadora de posparto. Como su desempeño dejó satisfecho a Gaspar, Micaela la contrató como empleada doméstica para que la ayudara a criar a la niña.

Sofía entró de puntillas a la cocina y, mientras preparaba la comida, no pudo evitar recordar los pequeños momentos de esa familia.

La primera vez que vio a Micaela fue en la primera semana después de que regresara a casa del hospital. En ese momento, pensó que esa mamá era muy joven.

Aunque Gaspar solo era dos años mayor, se veía más maduro. Ella se encargaba de cuidar a Pilar durante la cuarentena, y Gaspar había contratado a dos niñeras de primera y a un nutriólogo para que cuidaran de Micaela. Pero la mayor parte del tiempo, era el propio Gaspar quien la atendía. En ese entonces, como padre primerizo, no podía ocultar la ternura en su mirada.

Gaspar también aprendió a cuidar de su hija: a cambiarle los pañales, a darle de comer. Cuando la niña lloraba, él siempre era el primero en despertarse para cargarla.

En aquellos años, Micaela era una joven mamá feliz, con un esposo que la cuidaba en cada detalle, una situación económica desahogada y una hija adorable.

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