Samanta fingió timidez y bajó la voz.
—Esa noche tu hermano estuvo muy apasionado, hasta dijo que yo lo entendía mejor que Micaela…
—¡Cállate! —Adriana la fulminó con la mirada—. Samanta, me das asco.
—¿Asco? —Samanta rio entre dientes—. Antes, cuando te morías de ganas de que fuera tu cuñada, ¿por qué no te daba asco?
En ese momento, la empleada le entregó la caja de regalo. Adriana la tomó y se fue sin decir más.
Samanta la vio alejarse. De repente, se le quitaron todas las ganas de seguir de compras. En cambio, había algo urgente que necesitaba resolver: el asunto del regalo que le había pedido a Gaspar. ¡No podía simplemente dejar pasar un regalo de varios millones!
—Ya no vamos de compras, acompáñame al Grupo Ruiz —le dijo Samanta a Noelia.
—Samanta, ¿qué vas a hacer en el Grupo Ruiz? —preguntó Noelia, con el corazón en un puño. ¿Acaso Gaspar no había dejado claro que ya no quería verla?
—A buscar a Gaspar, obviamente. —Samanta se puso unas gafas de sol que ocultaban la ambición y la codicia en su mirada.
En ese momento, Adriana ya se había despedido de su amiga. De vuelta en su carro, tomó su celular y llamó directamente a Gaspar.
El teléfono sonó un par de veces antes de que se escuchara la voz grave de Gaspar.
—Adriana, ¿qué pasa?
—¡Hermano, me acabo de encontrar a Samanta en el centro comercial! —dijo Adriana, indignada—. ¡Dice que se acostaron! ¿Es verdad?
Hubo un silencio de unos segundos al otro lado de la línea, seguido por una negación rotunda de Gaspar.
—No. Nunca la he tocado.
—Pero ella dice que…
—No importa lo que diga, está mintiendo —la voz de Gaspar sonaba helada.
—Entonces júramelo. Júrame que no la tocaste. —Adriana estaba furiosa, necesitaba confirmar que era verdad.
Silencio al otro lado.
—¡Hermano, contesta! Esto es muy importante para mí —insistió Adriana.
Al otro lado se escuchó la voz de Gaspar, resignada pero firme.
—Puedo jurar por lo que más quieras que nunca he tenido ningún tipo de relación con Samanta. Si no…
Samanta entró con sus gafas de sol y sus tacones altos. Una recepcionista se le acercó de inmediato para detenerla.
—Señorita Samanta, disculpe, ¿tiene una cita?
Samanta se quitó las gafas y la miró de reojo.
—¿Desde cuándo necesito una cita?
—Desde ahora, la necesita —respondió la recepcionista, cortés pero firme.
Desde la semana pasada habían recibido órdenes: Samanta no podía entrar al Grupo Ruiz sin autorización.
Samanta sacó su celular y llamó directamente a Enzo.
—¿Señorita Samanta, en qué puedo ayudarla? —contestó Enzo.
—Enzo, ¿está el señor Gaspar en la oficina? Estoy en el vestíbulo, me gustaría verlo —dijo Samanta con voz melosa.
—Un momento, voy a consultarlo —dijo Enzo y colgó.
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