Los labios de Gaspar se curvaron en una sonrisa leve, y en sus ojos pareció reflejarse un cielo estrellado.
—No es ninguna molestia.
Cuando Micaela bajó al jardín, Pilar corrió a abrazarle las piernas.
—Mamá, ¿ya vamos a vivir aquí?
Micaela vio la ilusión en los grandes ojos de su hija y sonrió.
—Sí. Antes de que empieces la escuela nos mudaremos.
—¡Yupi! ¡Qué bueno! ¿Y mi papá va a vivir al lado? —preguntó Pilar de nuevo.
—Sí —asintió Micaela. Tenía que admitir que para su futuro trabajo necesitaba alguien de confianza que le ayudara, y Gaspar sería el mejor aliado para cuidar a la niña.
En ese momento, el hombre que estaba en el balcón del segundo piso marcó un número en su teléfono.
—Que entre la empresa de decoración lo antes posible. Quiero tres propuestas de diseño en una semana.
—Entendido, señor Gaspar.
Antes de regresar a casa, Gaspar solicitó una visita a la escuela. El ambiente era de primer nivel; incluso tenían una pista de equitación estándar, ya que la equitación era una de las clases distintivas del colegio.
Por la tarde, Gaspar organizó una visita al club hípico para elegir un buen caballo para su hija con anticipación. Al final, Pilar escogió un poni galés y decidieron que comenzaría su entrenamiento en el club antes de entrar a clases.
Le pusieron de nombre Alan. Cuando regresaron ya estaba atardeciendo y Pilar, agotada, se quedó dormida en los brazos de Micaela.
La noche caía suavemente fuera de la ventana. Micaela, también cansada, mantenía los ojos entrecerrados mientras abrazaba a la niña. De pronto, en un semáforo en rojo, su mirada se cruzó accidentalmente con la de Gaspar a través del espejo retrovisor.
Él también la estaba mirando.
Sostuvieron la mirada unos segundos hasta que Micaela volteó hacia otro lado.
Gaspar sonrió lentamente. Hoy habían visitado la nueva casa, la nueva escuela; parecía que, en silencio, estaban construyendo una nueva relación entre ellos.
Llegó el lunes.
—Señorita Samanta, pierda cuidado. La voy a cuidar muy bien —Mario levantó su copa, escaneándola de arriba abajo con una mirada posesiva y engreída.
Antes la veía seguido en las fiestas, pero en ese entonces, ¿cómo iba a atreverse a soñar con ella?
Ella siempre estaba rodeada de tipos como Gaspar, Jacobo o Lionel, herederos de imperios multimillonarios. En ese círculo, él no pintaba nada. Nunca imaginó que Samanta terminaría cayendo en sus manos.
Samanta no tenía opción. Aitor quería deshacerse de ella rápido, y ella necesitaba un hombre que le mantuviera su estilo de vida de lujos.
Mirando a Mario, que rondaba los treinta, Samanta comenzó a hacer cálculos. Esta vez no quería que la botaran; quería el título de señora de Villarreal.
Ya no estaba para ponerse exigente. Solo quería un hombre que le diera una vida estable, y Mario cumplía los requisitos.
—¿A dónde quieres ir a divertirte después de comer? —preguntó Mario sonriendo.
Samanta lo pensó y decidió probar qué tan generoso era.
—Señor Mario, ¿me regalaría un caballo?

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