Micaela asintió, con la vista fija en la herida de Ramiro. Si... si ese tenedor de Lara hubiera bajado solo un poco más, no quería ni imaginar las consecuencias.
Los ojos de Micaela se humedecieron. Apretó los labios, sintiendo cómo las lágrimas daban vueltas, a punto de caer.
Al verla así, Gaspar tomó otro pañuelo desechable y se lo pasó.
Micaela lo recibió y se secó la comisura de los ojos. En ese momento, Ramiro abrió los ojos. La anestesia debía estar pasando. Parpadeó varias veces hasta enfocar el rostro de Micaela. Al ver la preocupación en su mirada, movió sus labios pálidos, con la voz ronca por la sed:
—Estoy bien...
Luego, la mirada de Ramiro se posó en Gaspar, que estaba de pie a los pies de la cama. Se sorprendió un poco.
—El señor Gaspar también está aquí.
Ramiro intentó incorporarse apoyándose con las manos. Bajo la bata de hospital, su pecho estaba envuelto en gruesas capas de gasa. El tenedor, por suerte, no era demasiado afilado y no había causado una herida tan profunda.
—Ramiro, toma un poco de agua —Micaela acercó a sus labios el mismo vaso de agua tibia que Gaspar le había servido a ella.
Ramiro estiró la mano para tomarlo, pero Micaela, temiendo que se lastimara la herida al moverse, le dijo con suavidad:
—No te muevas, yo te doy.
Ramiro se quedó pasmado un instante, pero aun así levantó la mano derecha.
—Yo puedo.
Gaspar entrecerró los ojos, clavando la mirada en el vaso que sostenía Micaela. Era el que él le había servido especialmente a ella. No estaba seguro de si ella había llegado a beber de él.
Si ella había bebido y luego lo usaba para darle agua a Ramiro, ¿no era eso demasiada intimidad?
La nuez de Adán de Gaspar se movió levemente, debatiéndose internamente sobre si Micaela había tocado ese vaso con sus labios o no.
Al ver la delicadeza y ternura con la que Micaela cuidaba a Ramiro, esa cercanía tan natural, sintió como si algo le taponara el pecho, una opresión asfixiante mezclada con un sabor amargo difícil de ignorar.
Aunque Ramiro era el herido, su salvador, y era lógico que Micaela lo cuidara, él no podía —no debía— ponerse quisquilloso con esas pequeñeces en un momento así.
Pero la razón es una cosa y el sentimiento es otra.
Era como una aguja fina clavada en el pecho; no era un dolor agudo, pero sí una punzada constante y molesta.
Ramiro terminó de beber y miró a Gaspar.
—Señor Gaspar, gracias por venir a verme.
—Salvaste a Micaela, soy yo quien debe darte las gracias. Descansa bien, el trabajo se lo delegaremos a otros por ahora.
Ramiro miró a Micaela, sana y salva, y sonrió con alivio.
—Solo hice lo que tenía que hacer.
Micaela le preguntó a Ramiro:
—¿Quieres que llame al doctor para que te revise?
—El vaso de agua que le diste a Ramiro hace rato, ¿tú tomaste de ahí?
La mirada de Gaspar estaba clavada en ella, serio, exigiendo una respuesta.
Micaela se quedó atónita unos segundos y luego preguntó, incrédula:
—¿Eso importa?
Gaspar la miró con terquedad, insistiendo.
—¿Tomaste o no?
Micaela respiró hondo, reprimiendo la molestia, y contestó con la verdad:
—No.
Gaspar apretó ligeramente los labios finos y la miró profundamente.
—Tú también descansa, no te agotes. Yo me encargaré del asunto de Lara —añadió después—: La próxima semana voy a asignar a Tomás para que te proteja durante el horario laboral. No acepto un no por respuesta.
Micaela se quedó pasmada. La negativa que tenía en la punta de la lengua se la tuvo que tragar; sabía que él lo hacía para protegerla.
—Gracias —dijo bajando la mirada y asintiendo.
—En un rato le diré a Tomás y a su gente que suban —dijo Gaspar, y se dio la media vuelta para irse.

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