Al ver a Micaela llorar, Ramiro se apresuró a consolarla:
—No es nada... de verdad, estoy bien.
—No hables, guarda tus fuerzas —Micaela se tragó las lágrimas, tratando de mantener la calma.
A su lado, Verónica ya estaba llamando a la policía.
Lara estaba tirada en el suelo, hecha un trapo. Levantó la vista hacia el hombre que había amado en secreto durante tres años enteros. En ese momento, al verlo cubierto de sangre por su culpa, sintió que el mundo le daba vueltas. Era como si ese tenedor también le hubiera atravesado el corazón a ella; el dolor no la dejaba ni respirar.
—Ramiro... Ramiro, perdóname, perdóname... —intentó arrastrarse instintivamente hacia él, pero Verónica la empujó para bloquearle el paso.
—¡Qué descaro tienes de llamar a Ramiro! No tienes derecho a acercarte a él nunca más.
—Lo siento, no fue mi intención... de verdad no quería lastimarte... —Lara se cubrió la cara, llorando a mares, ahogada por un arrepentimiento inmenso.
En ese momento, los guardias de seguridad llegaron tras escuchar el alboroto y sometieron de inmediato a Lara, que seguía derrumbada en el piso. Al mismo tiempo, se escucharon las sirenas de la ambulancia. Muy pronto, los paramédicos llegaron desde el elevador con una camilla.
El personal médico subió rápidamente a Ramiro a la camilla. Micaela y Verónica corrieron tras ellos, subieron a la ambulancia y se dirigieron al hospital más cercano.
Ramiro fue ingresado al quirófano de inmediato. Al ver a Ramiro cubierto de sangre, Micaela no pudo aguantar más y las lágrimas volvieron a brotarle sin control.
Verónica también tenía los ojos rojos.
—Ramiro va a estar bien, vas a ver que sí.
Fuera del quirófano, Micaela y Verónica esperaban. El tiempo parecía haberse detenido, cada segundo se sentía eterno. Veinte minutos después, una figura llegó corriendo: era Gaspar.
Cuando vio la manga de Micaela manchada de sangre y su rostro pálido, la respiración se le detuvo por unos segundos. La sujetó de los hombros de inmediato, revisándola con la mirada.
—¿Estás herida? ¿Dónde te lastimaste?
Micaela negó con la cabeza.
—No es mi sangre, es de Ramiro.
—Señor Gaspar, Lara intentó apuñalar a Micaela, pero Ramiro llegó a tiempo y recibió el golpe por ella —explicó Verónica apresuradamente.
La mirada de Gaspar se heló al instante. En el camino había recibido la llamada y le informaron que Lara había enloquecido y atacado a Micaela con un tenedor. Si no fuera por Ramiro, quien estaría ahora en el quirófano sería Micaela.
—Ya di órdenes para que retengan a Lara. Va a pagar por todo lo que hizo —dijo Gaspar, casi rechinando los dientes.
En ese momento, la puerta del quirófano se abrió y el médico salió.
—El herido está fuera de peligro. Perdió mucha sangre, así que necesita reposo absoluto.
Los tres soltaron un suspiro de alivio. Cuando sacaron a Ramiro, seguía profundamente dormido; la anestesia aún no pasaba.
El cuarto olía a desinfectante y los monitores emitían un pitido suave y rítmico. Micaela observó a Ramiro en silencio durante un buen rato; sus ojos reflejaban preocupación, culpa y un fuerte remordimiento.
Gaspar también miraba a Ramiro. Le estaba agradecido, claro, pero al mismo tiempo, una inquietud intensa, que parecía venir de lo más profundo de su ser, se le enredó en el corazón como una enredadera.
La forma en que Micaela miraba a Ramiro... esa no era la mirada de una simple colega o amiga. Parecía que, más allá de la amistad, había otros sentimientos involucrados.
Sabía que a Ramiro siempre le había gustado Micaela, y sabía que este no era el momento para sentir celos, pero había emociones que simplemente no podía controlar.
Pero tampoco podía expresarlas, así que solo le quedaba guardárselas en el pecho y dejar que crecieran.
Gaspar se levantó, le sirvió un vaso de agua tibia a Micaela y se lo puso enfrente.
—Toma un poco de agua.
Micaela lo tomó.
—Gracias.
Gaspar la consoló con voz grave:
—Tranquila. No le va a pasar nada.

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