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Divorciada: Su Revolución Científica romance Capítulo 1467

Gaspar tomó el saco y se lo colgó en el brazo con naturalidad. Agarró el iPad y dijo:

—Vámonos. Vamos a ver a Ramiro Herrera.

Salieron uno detrás del otro de la sala de descanso. En el pasillo, Enzo se levantó de inmediato de la silla y se acercó para recibir el iPad que Gaspar le extendía.

Ramiro también ya estaba despierto, revisando unos documentos. Se le veía mucho mejor de ánimo.

—Mica, tú y el señor Gaspar vayan a sus cosas. Ya no hace falta que me cuiden aquí —les dijo Ramiro.

Micaela dudó un momento, pero entonces Verónica intervino:

—Micaela, regrésate al laboratorio. Yo me quedo aquí al pendiente y cualquier cosa te aviso.

Gaspar también le dijo a Micaela:

—Te llevo al laboratorio.

Micaela no tuvo de otra que asentir.

—Está bien. Ramiro, ya me voy entonces —dijo, y volteó con Verónica—: Márcame si pasa algo.

Salieron del hospital y Gaspar manejó él mismo para llevar a Micaela.

Al llegar, Micaela se puso su bata blanca para entrar a trabajar, mientras que Gaspar se fue a la oficina del responsable del laboratorio. A raíz del ataque de Lara Báez, iba a reforzar la supervisión y a ordenar chequeos del estado mental del personal.

***

Costa Brava.

Samanta Guzmán llevaba ya más de quince días ahí. Vivía en el departamento de su madre, el que la misma Samanta le había comprado tiempo atrás; ahora era lo único parecido a un hogar estable que tenía.

Sin embargo, comparado con su vida de antes, ese departamento de cien metros cuadrados se sentía asfixiante.

Su madre salía temprano y regresaba tarde, andaba en su rollo, y ni siquiera le preparaba las tres comidas. Samanta llevaba mucho tiempo sin meterse a la cocina, pero ahora no le quedaba de otra que hacerlo ella misma.

¿Cuánto debía ahora?

—¡Sé que estás ahí! ¡Si no abres, voy a tirar la puerta! —la voz afuera sonaba cada vez más agresiva.

Samanta apretó el celular y fue a abrir. Respiró hondo y quitó el seguro. Afuera estaba el dueño de una tienda de abarrotes cercana; ella lo ubicaba.

—¿Y tu madre? Que salga a pagar. Ya van tres meses, ya es hora de que suelte la lana.

—¿Cuánto les debe mi mamá? —preguntó Samanta haciéndose la fuerte.

—La otra vez jugó cartas con nosotros. Con todo e intereses, son trescientos mil pesos.

—¿Trescientos mil? —Samanta no podía creer la cifra. ¿Solo en una mesa de apuestas su madre había acumulado tanto?

El hombre la miró impaciente.

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