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Divorciada: Su Revolución Científica romance Capítulo 1468

—Si no me crees, pregúntale a tu madre. Ella sabe bien cuánto debe.

Samanta sabía que el dueño no mentía; al fin y al cabo, llevaba siete u ocho años con su tienda en el barrio.

—Yo lo pago —dijo Samanta y sacó su celular.

El dueño sacó el suyo rápido para cobrar. En cuanto sonó la notificación de los trescientos mil pesos, el hombre le dio un consejo, ya con mejor tono:

—Dile a tu mamá que si no tiene dinero, mejor no apueste.

Al cerrar la puerta, a Samanta se le fue el corazón al piso. En solo quince días, ya había tenido que lidiar con dos grupos de cobradores por culpa de su madre. Aunque todavía tenía dinero, no quería desperdiciarlo pagando deudas de juego.

Media hora después llegó Daniela. Al ver a su hija en el sofá, puso cara de culpable.

—Samanta, ¿ya comiste?

Samanta la miró fijamente, con ojos fríos.

—¿Exactamente cuántas deudas tienes por ahí? Dímelo todo de una vez.

—Samanta, yo... tampoco es tanto.

Samanta agarró un cojín y se lo aventó con fuerza.

—¡Dímelo ya! Si no, me va a valer lo que te pase.

Daniela se encogió de miedo. Caminó hacia su recámara, sacó una libretita de un cajón y se la dio a Samanta con mucho cuidado, esquivando su mirada, temerosa de verla a los ojos.

Samanta le arrebató la libreta. Le temblaban los dedos. Al abrirla, vio las fechas y cada deuda anotada por su madre: cantidades que iban desde unos miles hasta medio millón. Estaba lleno. Al final había un total.

—Mamá, ¿todavía crees que soy la diosa del piano y la favorita de los anuncios? Pues te digo la verdad: ya no tengo ningún ingreso. Apenas si puedo conmigo misma.

Daniela se quedó pasmada.

—Samanta, estás bien joven y bien guapa, seguro hay mucha gente que querría contratarte. ¡No te eches para abajo! Si no puedes tocar en escenarios grandes, hay otros lugares.

Daniela empezó a maquinar ideas y soltó:

—Por ejemplo, podrías ir a esos clubes exclusivos a tocar el piano para animar el ambiente, o dar clases a hijos de gente rica. Opciones hay.

Al escuchar eso, Samanta se puso blanca de coraje. ¿O sea que a su madre le valía gorro su vida y solo la veía como una herramienta para sacar dinero?

La actitud de su madre le heló la sangre. De pronto entendió algo muy claro: su madre nunca la había querido de verdad.

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