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Divorciada: Su Revolución Científica romance Capítulo 1472

—Ya no digas tonterías. Ándale, acompáñame a comprarle una pluma —dijo Micaela jalándola.

Emilia ya no dijo más. De todos modos, aunque ella no lo dijera, Micaela sabía bien que Gaspar estaba haciendo méritos con un objetivo muy claro.

—Vamos pues. Pero, ¿segura que una pluma?

—Sí —asintió Micaela. Estaba decidida.

—Está bien, una pluma. Pero capaz que Gaspar piensa usar esa pluma para firmar su acta de matrimonio otra vez —bromeó Emilia, imaginándose cosas.

Micaela le lanzó una mirada fulminante.

—Emilia.

—Bueno, bueno, ya no juego. Mira, ahí adelante hay una tienda Montblanc.

Después de comprar la pluma, acompañó a Emilia a una tienda de ropa infantil y de paso compró tres cambios de ropa para los niños de su amiga.

A las tres de la tarde, Micaela regresó a casa. No pensaba llegar tan temprano a la Mansión Ruiz, así que trabajó hasta las cinco y media antes de salir en su carro.

Al llegar a la Mansión Ruiz, vio que Adriana se había lucido con la decoración. Todo el jardín tenía ambiente de fiesta.

Luces de colores, globos flotando, unas letras enormes iluminadas brillando en el atardecer. En medio del pasto, sobre una zona de losetas, había una mesa larga con mantel blanco impecable, vajilla fina y flores. Varios meseros uniformados iban y venían, ocupados pero ordenados.

Hacía mucho que no hacían una fiesta así en la mansión, pero seguro fue idea de Adriana.

Micaela entró a la sala con el regalo. Florencia exclamó contenta:

—¡Mica, llegaste!

—¡Abuela! —Micaela se sentó a su lado.

Gaspar asintió.

—Sí, me baño y bajo con ustedes. —Al decirlo, su mirada cayó sobre Micaela.

Micaela cruzó miradas con él y disimuladamente volteó a otro lado. Gaspar sonrió con ternura y subió las escaleras.

Veinte minutos después bajó con una camisa azul marino. Traía el botón de arriba desabrochado, lo que le daba un aire más relajado y atractivo.

Al salir al jardín, vio a su familia sentada bajo el cielo estrellado. Se respiraba una atmósfera de felicidad y dulzura.

Gaspar se detuvo un instante.

Escuchaba las risas que venían de la mesa: las de su abuela, su madre, Micaela, su hermana y su hija. Esa escena fue como un sello cálido marcándole el pecho.

Durante años, su vida había estado llena de trabajo, responsabilidades y metas interminables. Manejaba el imperio de Grupo Ruiz, acumulaba dinero y fama, calculando cada paso con precisión, pero rara vez se detenía a preguntarse cuál era el sentido de todo.

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