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Divorciada: Su Revolución Científica romance Capítulo 1474

Pilar también le dio la tarjeta que hizo. Gaspar leyó la letra infantil de su hija: "Papá, feliz cumpleaños, te voy a amar por siempre y para siempre". Se le humedecieron los ojos.

Mirando a su pequeña, se dio cuenta de golpe que ya estaba grande; ya no era esa bebita que necesitaba que la arrullaran todo el tiempo.

Le acarició el pelo.

—Gracias, mi amor.

Pasadas las nueve, Micaela tenía que irse. El jardín estaba tan bonito que Pilar no quería irse todavía, así que Micaela dejó que se quedara y salió con su bolsa.

Apenas cruzó la puerta, escuchó pasos detrás. Volteó y vio a Gaspar siguiéndola con la bolsa del regalo en la mano.

—¿Me das un aventón? —preguntó sonriendo, y aclaró—: Tomé vino.

Micaela asintió.

—Súbete.

El hombre caminó con toda naturalidad al lado del copiloto, abrió la puerta y se metió.

El carro salió suavemente de la mansión. Las calles del centro histórico estaban algo congestionadas, así que Micaela manejaba despacio.

—La pluma... —sacó el tema Gaspar de nuevo, con un tono sugerente—. ¿De verdad fue una compra casual?

Micaela lo miró de reojo.

—¿Pues qué más iba a ser?

—Yo pensé que...

—No tiene ningún significado especial —lo interrumpió ella—. Le he regalado plumas a Jacobo Montoya y también a Anselmo.

La sonrisa del hombre se congeló un poco. El aire dentro del carro se sintió pesado por unos segundos.

—¿A todos igual? —preguntó entornando los ojos.

—Sí —respondió ella.

Pasó un buen rato antes de que Gaspar volviera a hablar, con voz grave pero firme:

—De todos modos, le voy a dar buen uso.

Pero Micaela todavía no sabía cómo pagarle a Ramiro lo que hizo. Con esa pregunta, se le hizo bolas la cabeza y solo dijo:

—Todavía no lo he pensado.

La luz en los ojos de él se apagó un poquito. ¿No lo había pensado? O sea, ¿la opción de estar con él todavía era posible?

Micaela caminó hacia el elevador, pero escuchó la voz detrás de ella:

—La gratitud no es lo mismo que el amor. Espero que sepas distinguir.

Micaela se giró.

—Gaspar, no tengo tres años. No necesito que me enseñes cómo agradecerle a la gente.

Gaspar se quedó pasmado.

—...¿Entonces por qué no lo has pensado?

Micaela suspiró, harta. ¿A fuerza quería seguir con eso?

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