—Mica...
Un susurro apenas audible.
Micaela no tuvo tiempo de reaccionar. Una mano grande le sostuvo el rostro y, al instante siguiente, el beso de él cayó con fuerza.
Sus labios cálidos, cargados de electricidad, cubrieron los de ella. Parecía un beso contenido, pero al mismo tiempo desesperado por el deseo.
Entre jadeos, Micaela intentó empujarlo por instinto, pero la mano en su nuca se afianzó con posesividad, sin dejarle ni un milímetro para retroceder.
En el silencio sepulcral y la oscuridad del estudio, el ambiente se volvió sofocante y extremadamente cargado.
La oscuridad amplificaba los sentidos. La razón de Micaela ya se había tambaleado al saber que él era el inversionista, y ahora, bajo la lluvia de besos de aquel hombre, sus defensas terminaron de derrumbarse.
Él la besaba con intensidad y urgencia. Sus brazos fuertes y su pecho la rodeaban como una jaula de acero, ardiente y envolvente. Ella sentía un hormigueo en todo el cuerpo que le impedía pensar con claridad.
Sin embargo, sintió que él estaba cruzando la línea.
—Mm... suéltame... —La cordura de Micaela regresó brevemente. Puso las manos sobre el pecho de él y lo empujó con fuerza.
El hombre la soltó y retrocedió por inercia, pero tropezó con algo en la oscuridad.
¡Pum!
Un golpe seco y pesado, acompañado del ruido de algún objeto cayendo, resonó de manera alarmante en el estudio a oscuras.
Micaela entró en pánico. Recordó que detrás de él estaba el mueble bar. ¿Se habría golpeado con la esquina de la mesa?
¿Se habría desmayado?
—Sss... —El gemido reprimido del hombre denotaba dolor.
Guiándose por el sonido, Micaela extendió las manos, tanteando en el vacío. —Gaspar, ¿dónde estás? ¿Qué te pasó?
Se agachó y empezó a palpar el suelo hasta que, finalmente, tocó la tela tibia de su camisa. Luego sintió su cuerpo firme. Subió rápidamente las manos por sus brazos hasta llegar a los hombros, el cuello y, por fin, su rostro.
Luego le tanteó la parte posterior de la cabeza, rezando para que no se hubiera abierto el cráneo con la esquina de la mesa.
—Gaspar, di algo —le exigió con voz angustiada.
En ese momento, una mano grande y cálida le atrapó la muñeca.
Inmediatamente después, una fuerza irresistible tiró de ella. Volvió a caer contra el pecho duro del hombre, atrapada bajo sus brazos dominantes.
Micaela, molesta por el susto, le dio un golpe en el pecho.
—¿Por qué no hablas?
—¿Te preocupaste por mí? —La voz de él le susurró al oído.
Micaela, sintiéndose avergonzada y molesta, forcejeó para liberarse.
—Suéltame.
—¿Creíste que me había desmayado? —Gaspar no solo no la soltó, sino que apretó el abrazo. En la oscuridad, su respiración se aceleraba.
—No —negó ella rotundamente.
Justo entonces, se escuchó un zumbido eléctrico.
¡Clac!
Las luces de toda la villa se encendieron de golpe.
La repentina iluminación hizo que ambos entrecerraran los ojos por instinto.
Micaela intentó zafarse de sus brazos casi al mismo tiempo, pero Gaspar se llevó la mano a la nuca y soltó un gemido bajo.
Ella dirigió la mirada inmediatamente hacia la parte trasera de su cabeza y preguntó con preocupación:
—¿Qué tienes?
—Me duele un poco.
Micaela había escuchado el golpe de su cabeza contra el suelo, así que sabía que no estaba fingiendo; el golpe había sido real.
—Déjame ver. —Micaela lo ayudó a sentarse y se agachó para examinarle la nuca.
Apartó con delicadeza su cabello oscuro y vio una zona claramente enrojecida e inflamada, aunque por suerte no había sangre.
—¿Necesitas ir al hospital? —le preguntó.
Gaspar sonrió levemente.
—No, es poca cosa. —Dicho esto, su mirada se posó en los labios de ella, ligeramente hinchados y rojos. Su nuez de Adán se movió al tragar saliva, como si se hubiera quedado con ganas de más.

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