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Divorciada: Su Revolución Científica romance Capítulo 1516

Ante esa promesa que oscilaba entre lo descarado y una sumisión absoluta, Micaela no pudo evitar lanzarle una mirada de advertencia.

—¿Quién dice que te voy a pegar o a gritar? No soy ninguna salvaje.

La sonrisa de Gaspar se acentuó.

—Entonces condéname a ser tu chalán de por vida. Limpiaré el estudio, cargaré cosas pesadas, pasearé al perro, iré por la niña y... resolveré cualquier otra necesidad.

El doble sentido en sus palabras era evidente.

Cualquier adulto lo entendería.

Micaela, molesta y sonrojada, lo fulminó con la mirada una vez más.

—Cállate y come.

—Está bien, a comer. —Gaspar tomó el tenedor, pero antes le sirvió un poco de guarnición a ella—. Al terminar, vamos a la casa nueva a acomodar las cosas. Pilar se quedará esta noche en casa de mi madre.

—De acuerdo. —Micaela asintió.

Después de comer, Micaela fue a casa a empacar. A las cuatro de la tarde, Enzo y Tomás llegaron con otros ayudantes para cargar las cosas en el camión. Micaela se fue con ellos hacia la villa.

Al llegar, Enzo y el equipo se encargaron del trabajo pesado. Micaela se dedicó a organizar y acomodar. El tiempo voló y, sin darse cuenta, dieron las siete de la noche. Micaela mandó a los muchachos a cenar, pero ella se quedó para terminar de organizar su librero.

Gaspar había ido a su propia casa a traer algunas pertenencias. Micaela se sentó en el sofá para tomar un respiro cuando, de repente, le llegó una notificación de noticias al celular.

Le echó un vistazo rápido y se detuvo en un nombre: Julián Hernández. La noticia bomba del mundo empresarial anunciaba que el magnate latinoamericano había fracasado en sus inversiones y estaba al borde de la quiebra.

Micaela sintió que le faltaba el aire. Julián había invertido veinte mil millones en su laboratorio. ¿Y ahora estaba en bancarrota?

Sintió una opresión en el pecho. Instintivamente abrió la nota para ver los detalles, pero antes de poder leer, escuchó pasos acercándose. Gaspar entró en la habitación.

Micaela se levantó de golpe del sofá y lo encaró.

—¿Viste las noticias sobre el señor Hernández?

Gaspar asintió con calma.

—Sí, las vi.

—¿De verdad va a quebrar? —Micaela lo miró con angustia, preocupada también por la situación personal de aquel filántropo.

Gaspar adivinó de inmediato el origen de su ansiedad y se acercó.

—No te preocupes, los fondos de tu laboratorio no corren peligro.

Micaela lo miró sin dudar ni un segundo.

—Retira el capital y úsalo para ayudar al señor Hernández a salir del problema. Yo veré cómo me las arreglo con el laboratorio.

Gaspar se quedó atónito. La miró profundamente por un instante.

Se escuchó el chasquido de un cortocircuito y, acto seguido, la villa entera quedó sumida en la oscuridad. Incluso las luces de emergencia fallaron.

Al ser una villa independiente rodeada de árboles, el estudio quedó en una tiniebla absoluta, donde no se podía ver ni la palma de la mano.

Ni un solo rayo de luz entraba del exterior.

—¡Ay! —Micaela olvidó que tenía el librero detrás y se golpeó el brazo.

—Micaela. —Con un suave llamado, Gaspar se acercó de inmediato. La localizó con precisión en la oscuridad y la atrajo hacia su pecho, mientras con la otra mano le protegía rápidamente la nuca para evitar que se golpeara con los bordes de los estantes.

En medio de la negrura, Micaela se vio presionada contra un abrazo firme y cálido, envuelta por el aroma limpio y masculino de él.

—No tengas miedo, estoy aquí —la consoló Gaspar.

—¿Qué pasó? ¿Se fue la luz? —Micaela levantó la cabeza. Todo estaba tan oscuro que no podía distinguir ni las facciones de él.

—Sí, parece un apagón general —respondió Gaspar con voz ronca.

Micaela seguía con la cabeza alzada cuando, de repente, sintió la respiración de él descender sobre ella. Un segundo después, sus labios rozaron una piel cálida.

Parecía la comisura de los labios de él.

El contacto fue como una descarga eléctrica de alto voltaje que recorrió los cuerpos de ambos, que ya estaban pegados el uno al otro.

El rostro de Micaela ardió al instante. Con la mente en blanco, solo pudo escuchar cómo la respiración del hombre se volvía cada vez más pesada.

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