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Divorciada: Su Revolución Científica romance Capítulo 1546

A la mañana siguiente, Micaela le entregó la niña a Gaspar y se fue al laboratorio. Al mediodía, quedó de comer con Emilia, que tenía asuntos por la zona.

Entre plática de amigas, Emilia se quejó de que su hijo se había enfermado y las desveladas le estaban causando insomnio.

—Criar hijos te consume la vida —se lamentó Emilia.

Micaela entendía perfectamente el sentimiento materno; un día lejos de ellos parece una eternidad, y cualquier malestar menor se siente como una catástrofe.

—Ya pasará, crecerán —la consoló Micaela.

Emilia apoyó la barbilla en la mano y la miró.

—Voy a tener que ir al hospital por medicinas. Ando con el periodo todo irregular, un desastre.

Al oír eso, Micaela se acomodó el cabello.

—Yo también he tenido mucho estrés últimamente. Llevo una semana de retraso, pero no pienso ir al médico, prefiero intentar relajarme primero.

Los ojos de Emilia brillaron al instante. Se acercó a Micaela con una sonrisa pícara.

—¿Relajarte tú sola? ¡Eso es solo un parche, no la cura! Para alguien como tú, con estrés que te altera las hormonas, la solución más directa y efectiva es conseguirse un hombre que te dé una buena «ajustada».

Micaela estaba tomando agua y casi se ahoga. La miró con falsa indignación.

—¿Qué cosas dices?

—No digo mentiras, está comprobado —insistió Emilia con cara de experta—. Además, tú eres doctora, lo sabes mejor que yo. La intimidad libera hormonas, promueve la dopamina y las endorfinas. Es la medicina más feliz y sin efectos secundarios. Y aparte... te la vives encerrada en el laboratorio, ¡te hace falta ejercicio!

Micaela sintió que le ardía la cara.

Emilia captó su reacción y su mirada se volvió aún más curiosa.

—Mica, ¿en qué van tú y Gaspar? No me digas que ya...

Las palabras de Emilia hicieron que la mente de Micaela volara inevitablemente a lo que había pasado la noche anterior. Fingió calma:

—Nada. No tengo cabeza para esas cosas ahorita.

—¿No tienes cabeza? —Emilia rio—. No te creo. La otra vez le diste regalo de cumpleaños. Han pasado días, no creo que Gaspar se haya quedado quieto.

—Hay algo un poco incómodo... El expresidente de la Cámara de Comercio me invitó a su cena de bodas de oro junto con él. Estamos divorciados, ¿no se verá mal si vamos? —Micaela cambió de tema drásticamente.

—¿Las bodas de oro del señor Suárez? —Emilia sonrió—. Gaspar es el actual presidente de la Cámara y tú eres una científica famosa. No le des tantas vueltas. En ese nivel, ¿crees que la fiesta es para celebrar el amor eterno? ¡Por favor!

Micaela solo buscaba algo de qué hablar. Bebió un sorbo de su té y preguntó:

—¿Entonces crees que deberíamos ir?

Emilia arqueó una ceja.

—¿Quién es el señor Suárez? Un magnate. Aunque esté retirado, necesita mantener los contactos para sus descendientes. Su aniversario es solo el pretexto, es un evento social. La gente va a hacer networking, a cambiar información, a cerrar tratos. Si tú y Gaspar no van, él es el que se va a preocupar.

Sofía se frotó las manos, pensando si debía pedir la noche libre y regresar hasta la mañana siguiente.

Cerca de las nueve, se escuchó ruido en la cochera. Pepa, la beagle, corrió moviendo la cola para recibirlos.

Al escuchar la voz alegre de Pilar, Sofía supo que no tenía caso irse; con la niña en casa, Micaela y Gaspar no tendrían mucho tiempo a solas de todas formas.

—¡Mamá! —gritó Pilar al entrar.

—Tu mamá está descansando arriba —le dijo Sofía.

Gaspar traía una caja de pastel en la mano. Pilar le jaló la mano:

—¡Papá, vamos a buscar a mamá!

Micaela había oído el coche, pero estaba terminando de redactar un documento, así que no bajó.

Escuchó pasos en el pasillo del segundo piso y, poco después, Pilar apareció en la puerta llevando de la mano a una figura alta.

—Mamá, mira. Papá y yo escogimos un pastel para ti. ¿Te gusta?

Micaela levantó la vista. Pilar sostenía una caja transparente con un exquisito tiramisú de fresa dentro. Gaspar se acuclilló y le dijo a la niña con ternura:

—Ve a dárselo a mamá.

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