Micaela se sentía algo aturdida por la cercanía de Gaspar últimamente, como si él hubiera limado las espinas que ella había levantado durante esos tres años. El calor que emanaba de su cuerpo a sus espaldas le resultaba familiar y a la vez extraño, con una presencia imposible de ignorar. Afuera, los truenos retumbaban, debilitando aún más sus defensas.
Un relámpago iluminó la estancia y el trueno pareció estallar justo afuera de la ventana. Micaela se encogió, y el hombre rápidamente la envolvió en sus brazos, presionando su rostro contra su pecho.
—Sé que le tienes miedo a los truenos, déjame acompañarte. Te prometo que no te obligaré a hacer nada que no quieras. —La voz de Gaspar sonaba estable; claramente sabía que Micaela aún no estaba lista para aceptarlo por completo.
Solo quería quedarse a su lado con la tormenta encima, haciéndole compañía.
Micaela lo pensó un momento y asintió.
—¡Está bien! Entonces acompáñame a comer algo.
Gaspar fue a cerrar bien las cortinas, mientras Micaela iba a la alacena y sacaba un par de bolsas de botana.
Al ver las bolsas, Gaspar sonrió.
—Son las favoritas de Pilar.
—Cuando vamos al súper, si no se las compro, no se quiere ir —dijo Micaela con resignación.
Abrió una bolsa de papas fritas y se la ofreció. Gaspar estiró la mano, tomó un par y se las llevó a la boca.
Mientras comía, Micaela frunció el ceño y se presionó suavemente el vientre. Bajo la luz, su rostro palideció un poco.
Sabía perfectamente qué era esa reacción. Con el estrés del trabajo, a Micaela solían darle cólicos premenstruales. Cuando eso pasaba, su periodo llegaba en uno o dos días.
Si Sofía estuviera ahí, le prepararía un té caliente para aliviar el dolor.
—¿Qué pasa? —Gaspar lo notó al instante y se inclinó hacia ella—. ¿Te sientes mal?
—No es nada… —Micaela negó con la cabeza, pero el dolor punzante en el bajo vientre la hizo palidecer aún más.
Gaspar la observó un momento y, habiendo sido esposos tantos años, entendió de inmediato que su periodo estaba por llegar.
Se levantó, fue al dispensador y le sirvió un vaso de agua tibia.
—Tómate esto calientito; te va a ayudar.
Micaela tomó el vaso y bebió un par de tragos, pero el alivio no llegó. Se acurrucó en el sofá, abrazando un cojín, soportando el dolor en silencio.
Gaspar lo vio todo. Regresó al sofá, extendió el brazo y la atrajo hacia él, haciendo que se recargara en su pecho.
Micaela intentó resistirse un poco, pero Gaspar habló con una ternura que no admitía rechazo:
—No te muevas, ¿no quedamos en que te acompañaría?
Dicho esto, su mano grande y cálida se posó sobre el vientre de ella, a través de la blusa de seda.
Micaela se tensó, pero el calor de su palma comenzó a aliviar el dolor punzante.
Soltó un ligero suspiro y su cuerpo rígido se fue relajando poco a poco en los brazos de él.

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