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Divorciada: Su Revolución Científica romance Capítulo 1554

Micaela se despertó con el canto de un pájaro fuera de la ventana.

En el instante en que recuperó la consciencia, abrió los ojos y, con la vista aún borrosa, vio la luz del amanecer filtrándose por las cortinas. Entonces se dio cuenta con asombro de que tenía la cabeza apoyada en el regazo de Gaspar.

Estaba cubierta con su saco, mientras Gaspar dormía sentado en el sofá, con la cabeza ligeramente inclinada hacia un lado, apoyada sobre un brazo, respirando profundamente.

La luz de la mañana iluminaba sus facciones, proyectando un juego de sombras en su rostro.

Su otra mano descansaba relajada sobre la cintura de ella, en una postura protectora.

Como si quisiera evitar que ella se cayera del sofá al darse la vuelta mientras dormía.

El corazón de Micaela dio un vuelco. Se quedó inmóvil, recordando lo que había pasado la noche anterior.

No esperaba haberse quedado dormida como un tronco a su lado, sin ninguna precaución, hasta el amanecer.

Se movió suavemente con la intención de levantarse, pero apenas hizo un movimiento, la mano en su cintura se tensó por instinto, atrayéndola hacia el interior del sofá.

Micaela se quedó rígida y levantó la vista. Gaspar no había despertado; claramente había sido un acto reflejo.

La respiración de Micaela se detuvo por un segundo. Esa postura debía ser incómoda para él también; mejor que se fuera a dormir a su cuarto.

Micaela apartó la mano grande de él y se sentó. Apenas levantó la cabeza, se encontró con unos ojos profundos que se abrían lentamente. Gaspar se había despertado con su movimiento; en su mirada aún había restos de sueño.

Pero al verla, sus ojos se aclararon y se tornaron gentiles al instante.

—¿Despertaste? —preguntó con voz grave y rasposa por el sueño.

Micaela asintió, sin apartar la mirada.

—Todavía es temprano, ve a dormir a tu cuarto.

Micaela negó con la cabeza y respondió con sinceridad:

—Ya se me espantó el sueño, quiero salir a caminar.

—Entonces espérame, me doy un baño, me cambio y te acompaño —dijo Gaspar, y empujó la puerta para regresar a su casa.

Micaela subió a lavarse la cara y decidió bañarse y cambiarse de ropa también.

Cerca de las siete, bajó vestida con ropa deportiva de manga larga. Vio a Gaspar en cuclillas jugando con Pepa. Llevaba un conjunto deportivo gris que resaltaba su estatura y sus largas piernas. Sin la severidad que mostraba en el mundo de los negocios, se veía mucho más fresco y lleno de energía.

—¿Lista para irnos? —preguntó poniéndose de pie. Tenía el cabello algo húmedo; el negro de sus cejas y su pelo mojado bajo la luz de la mañana lo hacían ver excesivamente guapo.

—¡Sí! —Micaela asintió y fue a la entrada para ponerse unos tenis cómodos.

Pepa ladró feliz y salió disparada por la puerta, dando vueltas en el pasto como si fuera cachorra. Corrió unos metros y luego se detuvo, esperando pacientemente a sus dueños.

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