—Gracias —murmuró ella, sentándose y tomando la cuchara para remover el té.
Gaspar se sentó frente a ella. No tenía intención de irse; simplemente se quedó observándola en silencio, con una mirada suave, tan tranquila como la luz de la luna que entraba por la ventana.
Micaela tomó una cucharada, sopló un poco y se la llevó a la boca. El té de jengibre no solo le calentó el estómago, sino también el corazón.
—¿Te sigue doliendo? —preguntó Gaspar con preocupación.
Micaela negó con la cabeza.
—Ya estoy mejor.
—¿Es por mucho estrés? Recuerdo que antes no te daban cólicos tan fuertes —comentó él.
Micaela bajó la mirada y asintió.
—Sí, es la presión.
Bebió medio tazón en silencio. Justo cuando iba a levantarse para servirse más, Gaspar se le adelantó, tomó su tazón y le sirvió otra porción.
A Micaela le gustaba el té de jengibre, así que sin darse cuenta se terminó todo. En ese momento, sintió que la mirada del hombre frente a ella seguía fija en su dirección, pero no estaba mirando su cara, sino...
Micaela sintió que le ardían las mejillas y levantó la vista, molesta, para confrontarlo.
—¿Qué tanto ves?
Se le había olvidado por completo que, después de bañarse, no se había puesto ropa interior. La tela de su pijama de algodón era delgada y...
Gaspar se llevó el puño a la boca y tosió para disimular.
—No fue a propósito.
Sin embargo, aunque lo dijo, sus ojos no tenían ninguna intención de apartarse; al contrario, su mirada se oscureció un poco más.
Micaela decidió ignorarlo. Aunque alguna vez fueron íntimos y esas cosas eran parte de la diversión de pareja, llevaban tres años divorciados. Cualquier recuerdo de esa intimidad ahora tenía un matiz de algo prohibido.
Micaela dejó la cuchara y le dijo:
—Ya terminé. Me voy a dormir. Tú también deberías irte a descansar.

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