Micaela no supo cómo negarse; temía herir los sentimientos de la anciana.
—Abuela, ya es hora de comer. Déjeme ayudarla a salir —dijo Micaela.
Florencia soltó un suspiro repentino, como si estuviera agotada, y se sentó en el sofá.
—Adelántate tú, hija. Me voy a quedar aquí un momentito más.
Micaela quiso quedarse con ella, pero la abuela le hizo un gesto con la mano, sonriendo.
—¡Ve, ve! Solo quiero admirar mis tesoros un rato y enseguida voy.
Micaela no quiso insistir.
Salió de la sala de colecciones y cerró suavemente la pesada puerta de madera, pero una sensación de inquietud se instaló en su pecho. Esas palabras de la abuela... ¿por qué sonaban a despedida?
¿O acaso estaba pensando demasiado?
Llegó al comedor, donde Gaspar y Damaris platicaban mientras Pilar jugaba a un lado.
—¿La abuela no viene? —preguntó Gaspar con suavidad.
—Dijo que quería quedarse un rato más en la sala de colecciones, así que me adelanté —respondió Micaela. Luego, recordando lo que acababa de pasar, esperó a que Damaris se alejara un poco y le susurró a Gaspar—: La abuela me dijo unas cosas hace un momento que me dejaron preocupada.
—¿Qué te dijo? —Gaspar la miró fijamente.
Micaela le jaló un poco la manga, indicándole que salieran al jardín.
Una vez afuera, le repitió las palabras de la anciana. El rostro de Gaspar se tornó serio.
—Voy a verla —dijo él.
Micaela lo siguió de regreso a la sala de colecciones. La abuela seguía sentada en el mismo sofá antiguo, con la cabeza ligeramente hacia atrás, recorriendo con una mirada tierna cada objeto de la habitación. Al escuchar ruido, volteó.
—¿Ya está la comida? Ya voy.

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