La culpa invadió a Micaela al instante. Al parecer, la fiebre había empezado la noche anterior y él había estado así, consumiéndose en calentura, toda la madrugada.
—Tienes mucha fiebre, te voy a llevar al hospital —dijo Micaela con decisión—. O llamaré a Enzo para que venga por ti.
Gaspar se incorporó a medias y, al segundo siguiente, tiró de ella hasta atraparla en un abrazo abrasador. El hombre, jadeando y con un tono de terquedad casi infantil, murmuró contra su pecho:
—No voy a ir a ningún lado.
Micaela, atrapada en sus brazos, sintió una mezcla de preocupación y exasperación. Le dio unas palmaditas en la mano para que la soltara.
—Suéltame. Tienes que ir al médico, estás muy mal.
Lejos de soltarla, Gaspar apretó el abrazo, hundiendo el rostro en el hueco de su cuello. Su respiración quemaba contra su piel y su voz sonaba rasposa por la fiebre:
—No quiero... Si te quedas conmigo, no voy a ningún lado.
Micaela se sintió culpable. No solo no había escogido el momento adecuado para rechazarlo anoche, sino que había ignorado por completo que estaba enfermo. Su corazón se ablandó.
—Está bien, no iremos al hospital. Pero déjame ir por medicina para bajarte la fiebre, ¿sí?
Si seguía así, le daría una convulsión o algo peor.
Recordaba que tenía un botiquín.
Gaspar dudó un momento antes de aflojar el abrazo. Micaela corrió a su casa y regresó en un minuto con el medicamento y un vaso de agua.
—Tómatelo —le ordenó suavemente.
Gaspar tomó las pastillas y el agua obedientemente, pero no le quitaba la vista de encima, como si temiera que en cuanto tragara la medicina, ella lo abandonaría.
Gaspar tosió violentamente al atragantarse con el agua.
Eso le pasaba por no concentrarse en lo que hacía.


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