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Divorciada: Su Revolución Científica romance Capítulo 1622

No muy lejos de ahí, aparecieron algunos turistas, lo que hizo que Micaela empujara al hombre casi por instinto. Él se dio cuenta y soltó una risa grave que hizo vibrar su pecho.

La luz del atardecer caía sobre la orilla del mar, iluminando el rostro increíblemente atractivo de Gaspar. Emanaba una mezcla de tensión y nerviosismo que jamás mostraría en otras circunstancias, pero mantenía una compostura que resultaba cautivadora.

La respiración de Micaela se aceleró ligeramente.

Cuando el hombre sonreía, sus cejas enmarcaban unos ojos que la miraban con un afecto desbordante.

Micaela, sintiéndose observada, desvió la mirada y se acomodó el cabello.

—Tengo hambre.

—¡Vamos! Te llevaré al restaurante.

***

El restaurante de mariscos del hotel estaba en el segundo piso. Tras los ventanales de piso a techo se extendía una vista abierta al mar. La noche ya había caído por completo y, bajo la luz de la luna, el oleaje brillaba como una pintura en movimiento.

Gaspar había reservado una mesa junto a la ventana. Sobre el mantel ya estaban dispuestos los cubiertos finos y una botella de vino blanco en una elegante champañera con hielo.

Había pedido puros platillos que le gustaban a Micaela. Ella echó un vistazo al menú y no pudo evitar preguntar:

—¿Y tú qué vas a pedir?

—Lo que a ti te gusta, a mí también me gusta —respondió él con una sonrisa.

Micaela bajó la cabeza, pensativa. En cuanto a la comida, era cierto que Gaspar nunca había sido exigente. A Sofía le gustaba cocinar basándose en los gustos de Micaela, y él jamás se había quejado de que los platillos no fueran de su agrado.

Gaspar sirvió media copa de vino y la puso frente a ella. Luego levantó su propia copa.

—¿Brindamos?

Micaela lo miró, confundida.

—¿Por qué vamos a brindar?

—Para celebrar nuestra primera cita formal.

Ella se quedó pasmada un instante, luego alzó su copa y la chocó suavemente con la de él. El vino blanco entró en su boca, fresco, dulce y con un toque frutal.

Llegaron los platillos, abundantes y con una presentación exquisita. Gaspar le servía comida en su plato.

—Come bien esta noche, que quedes satisfecha.

Micaela alzó la vista y se topó con su mirada. De repente, un recuerdo le inundó la mente y sintió que la cara le ardía. Él había dicho esa misma frase en su primera cita, solo que en aquel entonces él era más joven y la insinuación había sido mucho más obvia.

En ese tiempo, Micaela era tan inocente que no lo entendió. No fue hasta la mañana siguiente que reaccionó: Entendió la insinuación: los mariscos eran famosos por sus efectos afrodisíacos, y él quería asegurarse de que la noche fuera larga...

Micaela decidió ignorarlo y se concentró en su comida.

Gaspar sonrió. Parecía que ya no era tan fácil de engañar, pero al ver sus mejillas sonrosadas, supo que ella recordaba perfectamente todo lo que habían vivido.

Había poca gente en el restaurante, el ambiente era tranquilo y sonaba una música suave de fondo.

Quizás porque la comida estuvo deliciosa, Micaela comió hasta quedar satisfecha. Al salir del restaurante, no tenía prisa por volver a la habitación; aún era temprano. Había un malecón que bordeaba la costa, así que se fueron a caminar bajo la luz de las farolas.

—Mica —la llamó Gaspar, caminando a su lado.

—¿Qué?

—De ahora en adelante, ¿podemos hacer un hueco cada fin de semana para tener una cita?

—Nada.

Gaspar caminó hacia ella y se sentó en el sofá a su lado. Micaela no pudo evitar echarle una mirada de reojo.

—Señorita Micaela —dijo él.

Ella levantó la vista.

—Tienes el iPad al revés.

Micaela bajó la mirada para revisar. ¿Cuál al revés? Estaba bien.

Le lanzó una mirada de reproche y enojo. El hombre soltó una carcajada, con el rostro relajado y lleno de satisfacción por haberla molestado.

—Doctora Micaela, ¿qué es más importante, ese artículo o yo? —preguntó de repente, con un toque de celos en la mirada.

Era su momento de cita, y él esperaba que ella solo tuviera ojos para él, pero se había traído el trabajo.

—¿No estás ya grandecito para ser tan inmaduro? —respondió ella sin levantar la cabeza.

Gaspar se acercó, su presencia invadiendo su espacio personal. Micaela extendió la mano para empujarlo por el pecho.

—Ya, no estés molestando.

El hombre aprovechó para tomarle la mano y besársela.

—No molesto. Es que te extraño.

—¿Pues no estoy aquí? —Micaela ya había perdido totalmente el hilo de su trabajo por su culpa.

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