Los ojos de Gaspar brillaban con diversión; parecía un niño travieso que solo buscaba que lo mimaran.
—Esta noche quiero dormirme temprano.
—Todavía es temprano —replicó Micaela, que no tenía nada de sueño.
—Exacto, falta mucho para la hora de dormir —dijo él con voz ronca y una sonrisa—. Así que tenemos tiempo.
Micaela captó la indirecta y suspiró.
—Gaspar, ¿ya vas a empezar?
El hombre aprovechó para quitarle el iPad y dejarlo a un lado, atrayéndola hacia sus brazos.
—No voy a parar.
Resignada, Micaela se puso de pie.
—Me voy a bañar.
—¿Necesitas ayuda? —preguntó Gaspar de inmediato.
Micaela le lanzó una mirada fulminante.
—No.
Mientras Micaela se duchaba, Gaspar tomó su iPad y se puso a leer el artículo. Aunque era un texto médico complejo y difícil de entender, lo leía con gran interés, como si a través de esas palabras pudiera comprender a esa otra versión de Micaela que vivía en su mente.
Cuando Micaela salió del baño, ya eran las diez y media.
Se había secado el cabello, que le caía en ondas suaves y sedosas hasta la cintura, y su rostro tenía ese rubor natural de después del baño.
En la cama, Gaspar se había puesto una pijama de seda gris oscuro, con el cuello ligeramente abierto. La luz cálida de la lámpara lo iluminaba mientras leía concentrado en la tablet.
—¿Qué estás leyendo? —preguntó ella acercándose.
Gaspar levantó la cabeza y sonrió.
—Leyendo lo mismo que tú.
—¿Y le entiendes? —cuestionó Micaela.
—Siendo honesto, hay cosas que no entiendo —admitió él.
—¿Y para qué lo lees si no le entiendes? —Micaela estiró la mano para quitarle el iPad, pero Gaspar la tomó de la muñeca y tiró de ella hasta sentarla en el borde de la cama.
—Quiero ver qué es lo que investigas todos los días —dijo en voz baja.
Era igual que cuando se colaba en sus conferencias; aunque no entendiera el tema, tenía que estar ahí, solo para escucharla hablar.
Durante esos tres años, lo que más había recibido de Micaela eran desprecios y miradas de fastidio, pero nunca se rindió. Siguió apareciendo en su vida con total descaro.
Ella no tenía ni idea de cuántas reuniones importantes había cancelado él para poder asistir a sus conferencias, ni de lo rápido que conducía para llegar a tiempo.
—Lo sé —la voz de Gaspar sonaba ronca—. Después entendí que mi supuesta «protección» era en realidad falta de confianza. No confiaba en que pudieras soportarlo, no confiaba en que pudiéramos enfrentarlo juntos, y mucho menos confiaba en que te quedarías a mi lado si sabías la verdad.
—Entonces, ¿preferiste que te odiara? —preguntó ella, sintiendo un leve enojo.
Gaspar la apretó contra su pecho, apoyando la barbilla en su cabeza.
—Ya conoces a Samanta. Ella tenía la única esperanza para salvar a mi mamá y lo que quería era ser la señora Ruiz. Si lo hubieras sabido, con tu carácter, estoy seguro de que habrías...
—Habría cedido mi lugar, ¿verdad? —completó Micaela.
Gaspar le tomó el rostro entre las manos y la miró fijamente.
—¿Lo habrías hecho?
Micaela lo pensó un momento. Un sentimiento indescriptible le recorrió el cuerpo, pero asintió.
—Creo que sí.
Al segundo siguiente, el hombre la abrazó aún más fuerte, tanto que casi le cortó la respiración.
—Por eso no permití que eso pasara. Prefería que me odiaras... a que me dejaras.
Gaspar bajó la cabeza y la besó con desesperación, como si aquel dolor secreto y agudo del pasado todavía lo atormentara.
El beso poco a poco fue perdiendo su suavidad y se tornó más exigente...

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