La señora Montoya levantó la vista y sus ojos se posaron en el rostro de Micaela por unos segundos. Luego, aferró la mano de Jacobo con desespero y dijo:
—Quiero irme a la casa, ya no quiero que me piquen ni tomar más pastillas, me duele mucho.
A Jacobo se le llenaron los ojos de lágrimas al instante. Se levantó, miró a Micaela y dijo con la voz entrecortada:
—Micaela, mi mamá está a punto de olvidar quién soy.
Micaela le dirigió una mirada reconfortante. Se puso en cuclillas para quedar a la altura de la señora Montoya y, mirándola con ternura, le dijo:
—Señora, no se preocupe, no le vamos a poner inyecciones ni a dar medicamentos. Solo le haremos unos estudios de rutina.
La señora Montoya la observó fijamente. Quizá la apariencia amable de Micaela la tranquilizó, porque la miró a los ojos por unos instantes y se quedó callada.
Micaela se puso de pie y se dirigió a Jacobo:
—Jacobo, ¿confías en mí?
—Confío en ti —asintió Jacobo. Después de todo lo que habían pasado, su fe en Micaela era inquebrantable.
—Haré todo lo que esté en mis manos —afirmó ella.
Durante los días siguientes, Micaela y su equipo le realizaron una evaluación exhaustiva a la señora Montoya.
Tomografías cerebrales, pruebas de señales neuronales, estudios genéticos... Registraron y analizaron cada dato minuciosamente.
Micaela andaba todavía más apurada que de costumbre.
Por su parte, Gaspar iba a visitarla todos los días después del trabajo. A veces se quedaba platicando con Jacobo, y otras tantas solo iba para hacerle compañía a Micaela.
Aunque Micaela estuviera tan ocupada que apenas pudiera dirigirle la palabra, a él no le importaba en absoluto; se quedaba ahí, esperándola en silencio.
Una semana después, Micaela por fin llegó a una conclusión preliminar.
La degeneración neuronal de la señora Montoya se había acelerado; sin embargo, para su fortuna, las señales neuronales, aunque débiles, no habían desaparecido por completo y aún mostraban una actividad considerable.
Esto indicaba que sus recuerdos no habían sido borrados, sino que se encontraban de cierta forma «sellados».
Micaela elaboró varias estrategias, pero cada una requería tiempo para ponerse a prueba. Quedaba claro que les esperaba un proceso de tratamiento prolongado.
En un abrir y cerrar de ojos, llegó la época de fin de año.
El viaje de estudios invernal de Pilar concluyó con éxito. Gaspar y Micaela fueron juntos al aeropuerto a recibirla. Al ver entre la multitud a su hija, que había crecido un poco más y que lucía tan segura y radiante, ambos intercambiaron miradas llenas de orgullo.
Pilar arrastraba su propia maleta. Después de esa experiencia, definitivamente había madurado y se había vuelto más independiente.
—¡Papá, mamá! —Pilar corrió emocionada hacia ellos y se arrojó a los brazos de Micaela.
—¿Te la pasaste bien?
—¡Sí! Me la pasé increíble.
Tras llevar a su hija a casa, cenaron esa noche en la mansión Ruiz. Damaris Quintana lucía un excelente estado de ánimo últimamente. Después de comer, le hizo una invitación a Micaela: quería que asistiera a la cena de Nochebuena en casa de la familia Ruiz.
Micaela aceptó. Además, por las fiestas de fin de año, iba a darle vacaciones a Sofía, así que probablemente terminarían comiendo en casa de la familia Ruiz durante esos días.
Y de pronto llegó la Nochebuena.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Divorciada: Su Revolución Científica