Cuatro días después de Navidad, Micaela se reincorporó al trabajo. La condición de la señora Montoya no podía esperar.
En el laboratorio reinaba un silencio absoluto, solo interrumpido por el zumbido de los equipos médicos. Tadeo, Fernando Ávila y Verónica habían recortado sus vacaciones para volver a ayudar.
Jacobo hacía compañía a la señora Montoya en la zona de las habitaciones.
—Micaela, todo está listo —avisó Tadeo saliendo del cuarto de equipo con una lista de revisión en mano—. La interfaz cerebro-computadora ya está configurada, y terminamos de calibrar los dispositivos de recolección de señales neuronales.
Micaela asintió y tomó el listado, repasándolo detenidamente.
—Bien, entonces, comencemos.
Micaela se acercó a la señora Montoya y se acuclilló para mirarla a los ojos.
Ese día, la señora Montoya lucía un poco mejor de ánimo que semanas atrás. Aunque su mirada aún se percibía extraviada, al menos no mostraba resistencia.
—Señora, ¿vamos a hacerle una revisión, de acuerdo?
La señora Montoya miró a Jacobo, quien se acercó para ayudarla a levantarse.
La instalación de la interfaz neuronal tomó un rato. Micaela realizó el procedimiento ella misma, con movimientos delicados pero sumamente profesionales.
Fue colocando los electrodos en el cuero cabelludo de la señora Montoya uno por uno, conectándolos a un complejo sistema de aparatos detrás de ella.
Jacobo, parado a un lado, reflejaba la tensión del momento, apretando los puños de forma instintiva.
Al notar su nerviosismo, Micaela volteó a verlo con una mirada tranquilizadora. Él le devolvió el gesto asintiendo con la cabeza, tomó una profunda bocanada de aire e intentó relajarse.
Todo estaba en orden.
Micaela se instaló frente a la consola de control, se colocó los audífonos y clavó la mirada en las ondas cerebrales que fluctuaban en la pantalla.
—Iniciando recolección de datos —anunció.
Tadeo oprimió el botón de arranque.
En el monitor, las líneas antes estables comenzaron a oscilar; al principio con timidez, pero conforme la señal cobraba fuerza, las variaciones se hacían mucho más notorias.
—Las señales en el hipocampo van en aumento —reportó Fernando sin despegar la vista de los datos—. El lóbulo temporal también empieza a registrar actividad.
Micaela guardó silencio, completamente enfrascada en la pantalla, moviendo los dedos a toda velocidad para ajustar los parámetros de la interfaz.
Mientras tanto, gracias al efecto del sedante, la señora Montoya había caído en un sueño plácido.
Los minutos se escurrieron, y justo a la media hora, una gráfica muy familiar apareció de golpe en el monitor.
Las manos de Micaela se detuvieron en seco por un instante. Era la reacción provocada por la extracción de señales de memoria.
Sus ojos se humedecieron ligeramente. Sin apartar la vista, observaba cómo, impulsadas por las corrientes eléctricas, las células de memoria en el cerebro de la paciente comenzaban a reactivarse y fortalecían su actividad segundo a segundo.
Una hora después, Micaela apagó los equipos, desprendió los sensores y se sentó a esperar que la señora Montoya despertara.
Apenas transcurrieron diez minutos cuando la mujer abrió los ojos poco a poco. Parpadeó, envuelta en una fugaz ola de desorientación.
Enseguida, paseó su mirada hasta toparse con Micaela. Sus pupilas destellaron con sorpresa antes de reparar en Jacobo.
Al fin, algo en sus ojos empezó a transformarse, cobrando lucidez.

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