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Divorciada: Su Revolución Científica romance Capítulo 1646

Micaela rio, adoptando de inmediato un tono de seriedad:

—El proceso de nominación para el Premio Nobel es sumamente estricto: uno no puede nominarse a sí mismo; debes estar respaldado por personas que cuenten con la autorización para postular candidatos.

—Lo sé —asintió Gaspar—. El derecho a postular recae en un grupo selecto. Ya hablé con un par de ellos; el director Ismael y el doctor Víctor Leiva, ambos unos genios en este país, te van a dar su apoyo. Pero lo que está más cañón es que... a ver, adivina quién más quiere darte su recomendación.

Micaela parpadeó al detectar esa misteriosa sonrisa en el rostro de Gaspar. De repente le cruzó una idea por la cabeza, pero no quiso atinar a lo loco y le pidió:

—Mejor dímelo tú.

—A mí se me hace que ya te lo imaginaste: es el profesor Vilches, el mentor de tu papá.

A Micaela se le cortó el aire.

Dicho nombre era una auténtica leyenda en la comunidad médica. Él había sido uno de los pilares en el terreno de las neurociencias en la región y de los pocos científicos de origen hispano que había estado a punto de llevarse el Nobel de Medicina...

Y como si eso no fuera suficiente, también había sido el tutor del doctorado de su papá, Kevin Arias.

El último recuerdo que Micaela tenía de ese hombre apuntaba a que ya sobrepasaba los sesenta. Cuando su padre falleció, el propio profesor redactó y publicó una elegía en honor suyo en una importante revista médica.

—Aquel señor... —soltó Micaela, cuya voz evidenciaba pura emoción—. ¡Debe estar por los noventa años!

—Ya cumplió los noventa y ocho —corrigió Gaspar, tomando y apretando la mano de ella con suavidad—. En cuanto envié a la gente para hablar con él, al enterarse de que tú eras la hija de Kevin, pidió de inmediato que le organizáramos una cita para conocerte en persona.

Micaela soltó un ligero sollozo de la pura emoción:

—¿De verdad?

—Dijo que tu padre había sido su pupilo estrella, y que tú, al final de cuentas, eras el mayor orgullo que había dejado su discípulo.

Ella se le quedó viendo a Gaspar y asintió.

—Va, a mí también me gustaría muchísimo platicar con ese gran señor.

En las siguientes jornadas, Micaela centró todo su esfuerzo en la señora Montoya, recabando las evaluaciones finales y dándole un seguimiento cercano a su proceso de sanación.

Era clarísimo que el humor de Jacobo andaba por las nubes; a leguas se le notaba que se había sacado un enorme peso de encima.

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