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Divorciada: Su Revolución Científica romance Capítulo 1645

Media hora después, trasladaron a la señora Montoya a su cuarto. Un procedimiento de este tipo requería mantener el tratamiento por lo menos durante otros tres meses.

Jacobo entró a la oficina de Micaela y, al ver a su amigo sentado en el sillón, lo saludó:

—Gaspar, ya andas por aquí.

Gaspar asintió a modo de respuesta:

—¿Cómo sigue tu mamá?

—Ya recuperó la memoria. Micaela volvió a hacer un milagro. —Jacobo posó su mirada en la doctora.

Micaela respondió con semblante sereno:

—La verdad es que siempre tuve muchísima confianza en esta teoría.

Tras despertar a Anselmo Villegas gracias a la interfaz cerebro-computadora, la teoría se había consolidado por completo; solo requería la oportunidad adecuada para encontrar los parámetros ideales, y ahora, Micaela había dado con ese punto de equilibrio infalible.

Jacobo observó a Micaela; su mirada irradiaba una gratitud imposible de describir con palabras.

—Muchísimas gracias. Me salvaste la vida y te debo una enorme —le dijo.

Micaela le sonrió.

—Si de deudas hablamos, yo también te debo muchísimas a ti.

Gaspar se acercó con un par de vasos de agua; le pasó uno a Jacobo y el otro a Micaela.

Ella tomó un sorbo. En ese instante, Fernando entró para entregar unos documentos. Gaspar tomó el vaso de Micaela, bebió un trago y se dirigió a su amigo:

—Vamos a la sala de descanso.

Jacobo asintió y salió con él.

Había algo de lo que sí se había dado cuenta: el trato entre Micaela y Gaspar claramente había recuperado la confianza y la intimidad de cuando eran pareja.

Intrigado, no pudo evitar preguntarle:

—¿Cuándo tienen pensado volver a casarse?

Gaspar soltó una carcajada.

—No la voy a presionar. Será cuando Micaela lo decida.

Una chispa de envidia se asomó por los ojos de Jacobo, pero su tono denotaba unos buenos deseos muy sinceros:

—Si vuelven a organizar una fiesta, no duden en avisarme a la de ya.

—Yo no tomo esas decisiones, pero aquí sigo, esperando paciente —añadió Gaspar con otra sonrisa, siendo incapaz de ocultar lo feliz que se sentía.

A ojos de cualquiera, aquello no parecía en lo más mínimo alguien que «no iba a presionar»; el hombre estaba más que seguro de su victoria.

Ya sentado, Jacobo opinó:

—Vale la pena esperarla.

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