Media hora después, trasladaron a la señora Montoya a su cuarto. Un procedimiento de este tipo requería mantener el tratamiento por lo menos durante otros tres meses.
Jacobo entró a la oficina de Micaela y, al ver a su amigo sentado en el sillón, lo saludó:
—Gaspar, ya andas por aquí.
Gaspar asintió a modo de respuesta:
—¿Cómo sigue tu mamá?
—Ya recuperó la memoria. Micaela volvió a hacer un milagro. —Jacobo posó su mirada en la doctora.
Micaela respondió con semblante sereno:
—La verdad es que siempre tuve muchísima confianza en esta teoría.
Tras despertar a Anselmo Villegas gracias a la interfaz cerebro-computadora, la teoría se había consolidado por completo; solo requería la oportunidad adecuada para encontrar los parámetros ideales, y ahora, Micaela había dado con ese punto de equilibrio infalible.
Jacobo observó a Micaela; su mirada irradiaba una gratitud imposible de describir con palabras.
—Muchísimas gracias. Me salvaste la vida y te debo una enorme —le dijo.
Micaela le sonrió.
—Si de deudas hablamos, yo también te debo muchísimas a ti.
Gaspar se acercó con un par de vasos de agua; le pasó uno a Jacobo y el otro a Micaela.
Ella tomó un sorbo. En ese instante, Fernando entró para entregar unos documentos. Gaspar tomó el vaso de Micaela, bebió un trago y se dirigió a su amigo:
—Vamos a la sala de descanso.
Jacobo asintió y salió con él.
Había algo de lo que sí se había dado cuenta: el trato entre Micaela y Gaspar claramente había recuperado la confianza y la intimidad de cuando eran pareja.
Intrigado, no pudo evitar preguntarle:
—¿Cuándo tienen pensado volver a casarse?
Gaspar soltó una carcajada.
—No la voy a presionar. Será cuando Micaela lo decida.
Una chispa de envidia se asomó por los ojos de Jacobo, pero su tono denotaba unos buenos deseos muy sinceros:
—Si vuelven a organizar una fiesta, no duden en avisarme a la de ya.
—Yo no tomo esas decisiones, pero aquí sigo, esperando paciente —añadió Gaspar con otra sonrisa, siendo incapaz de ocultar lo feliz que se sentía.
A ojos de cualquiera, aquello no parecía en lo más mínimo alguien que «no iba a presionar»; el hombre estaba más que seguro de su victoria.
Ya sentado, Jacobo opinó:
—Vale la pena esperarla.

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