Isabel se arrancó la aguja intravenosa y luchó por levantarse. La herida de su abdomen se abrió.
Sintió un dolor agudísimo y gruesas gotas de sudor le resbalaron por la frente.
Una enfermera entró a revisarla y, al ver la situación, la sujetó de inmediato.
—¡Estás loca! Tuviste una hemorragia durante el parto. Si la herida se abre de nuevo, ¡podrías morir!
—Suéltame….
Isabel se resistía. Tenía que salir a buscar a Fernando.
De repente, la sangre brotó de su herida. La enfermera, alarmada, presionó el botón de emergencia. Isabel luchó unos instantes más antes de desmayarse.
Esa noche, entre sueños, Isabel escuchó a dos enfermeras cuchichear.
—Pobre mujer la de esta habitación. Acaba de dar a luz y su marido ya quiere divorciarse de ella.
—Sí, escuché a las enfermeras de maternidad decir que ayer, cuando tuvo la hemorragia, el médico le preguntó al esposo si salvaban a la madre o a los bebés. Sin pensarlo dos veces, dijo que salvaran a los bebés.
Así que él sabía que ella casi había muerto en la mesa de operaciones.
Mientras dormía, las lágrimas de Isabel empaparon la almohada.
Si nunca le hubiera mostrado esa falsa ternura, ¿dolería tanto ahora?
Isabel no tenía a nadie que la cuidara en el hospital, así que tuvo que pedir comida a domicilio. Cuando llegó el repartidor, se levantó con dificultad para abrir. Al hacerlo, vio a Camila del brazo de Fernando, diciéndole con una sonrisa radiante: —Fernando, sabía que vendrías a acompañarme a mi revisión.
Camila levantó la vista y vio a Isabel.
—Isabel.
Soltó a Fernando y se acercó rápidamente a ella. Le tomó la mano con familiaridad y dijo: —Cuánto tiempo sin verte, hermanita. Te he extrañado tanto….
¿Extrañarla?
En todo el año, Camila no le había hecho ni una llamada, no le había enviado ni un solo mensaje.
En la casa de los Cárdenas, Isabel siempre había sido la sirvienta de Camila.
Isabel retiró la mano.
Isabel sintió que su mundo se venía abajo.
Apenas pudo mantenerse en pie.
—Fernando, Isabel acaba de dar a luz. Si le dices eso, la vas a lastimar.
Camila se soltó de los brazos de Fernando, se acercó a Isabel y la consoló: —Isabel, no estés triste, trataré de convencerlo.
La herida de la cesárea le punzaba. Se llevó una mano al vientre, le lanzó una mirada desesperada a Fernando, se dio la vuelta lentamente y cerró la puerta de su habitación.
Isabel no podía entenderlo. Si Fernando nunca tuvo la intención de construir una vida con ella, ¿por qué se casó con ella en esa ceremonia? ¿Por qué la dejó embarazarse y dar a luz a sus hijos?
Él mismo había tejido un sueño hermoso para ella, y él mismo lo había destruido. ¿Acaso no se daba cuenta de lo cruel que era?
Fernando observó la espalda solitaria y orgullosa de Isabel, y sintió una punzada incontrolable en el corazón.
Ayer, ella claramente no quería el divorcio.
Él había pensado que, al volver a verlo, ella lloraría y le suplicaría que no la dejara…

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