Scarlett Valenti.
Estaba tan nerviosa que por momentos sentía que la respiración me fallaba. Las piernas me temblaban y, por una fracción de segundo, pensé que sería incapaz de bajar las escaleras sin quedar tendida en el suelo de un momento a otro.
Pero todo eso – la preocupación, los nervios, las expectativas – desapareció en el momento en que mis ojos se encontraron con los de Andruw. Fue como si el mundo hubiese dejado de existir en el instante en que me permití perderme en la profundidad del gris de su mirada. Y cuando mis dedos rozaron los suyos… el mundo pareció cobrar un nuevo sentido, uno hasta ahora desconocido.
Mi corazón se saltó un latido, pero no de miedo, de emoción… emoción porque lo que veía reflejado en sus ojos no era la frialdad de alguien que decide unir su vida a otra persona por un simple contrato, era algo mucho más profundo, más significativo, aunque ninguno de los dos tuviera el valor de nombrarlo.
¿O sería acaso solo una ilusión a la que sentía la necesidad de aferrarme? No lo sabía, y por primera vez en mi vida, no quería enfrentarme a la realidad. Por primera vez en la vida, prefería aferrarme a la ilusión que me decía que entre nosotros había más, mucho más, de lo que la lógica podría procesar.
Andruw entrelazó sus dedos con los míos, observé esa unión por un segundo que se sintió eterno y cuando mis ojos se encontraron de nuevo con los suyos, me sentí la mujer más afortunada del mundo; porque Andruw me miraba como si estuviera viendo un milagro, como si no pudiera creer que yo estuviera ahí, eligiéndolo.
— ¿Vienes? — preguntó, mientras una sonrisa tenue nacía en sus labios. Asentí con un leve movimiento de cabeza, sin poder confiar en que mi voz no iba a fallarme.
Comenzamos a bajar, sin prisas. Cada escalón era un paso hacia algo que había estado evitando durante demasiado tiempo. Cada pisada, era un recordatorio de todas las veces que había huido, que había dudado, que había tenido miedo.
Pero ya no más.
Porque la mano de Andruw presionaba la mia, no reteniéndome contra mi voluntad, sino como si deseara convertirse en la única ancla que yo pudiera necesitar en medio de la tormenta. Me guiaba con una paciencia que no sabía que él podía poseer, con una delicadeza que contrastaba con todo lo que creía saber de él.
Mis tacones apenas hacían ruido sobre los escalones de mármol. Y al adentrarnos en el salón fue como entrar en un mundo desconocido, haciéndome sentir parte de un cuento de hadas.
Todo estaba decorado con flores blancas y ligeros toques de rosa, transformando la sala de estar en un paraíso de ensueño. Miraba todo con fascinación, sintiéndome por primera vez como la protagonista de mi propia historia.
Andruw debió notar algo especial en mi mirada, porque se inclinó hacia mí, tan cerca que sentí su cálido aliento chocar contra mi cuello cuando pregunto en un susurro:
— ¿Te gusta?
— Es… hermoso — respondí, y mi voz fue apenas audible.
— Elizabeth se encargó de todo. Dice que una novia merece un escenario a la altura de sus sueños.
Sonreí.
«Por supuesto que fue Elizabeth»
De verdad que estaba amando a esa mujer. Era como si, con solo conocerme, hubiese decidido convertirse en mi hada madrina. Sentí mis ojos humedecerse, mientras una calidez peculiar comenzó a extenderse por mi pecho.
Porque por primera vez en demasiado tiempo, sentía que estaba donde debería estar. Sentía que realmente tenía un lugar al cual pertenecer.
Y entonces, como un recordatorio maldito, una palabra golpeó mi mente: Contrato. Porque, en el fondo, eso éramos, un contrato con fecha de caducidad. No nos estábamos casando por amor, sino por un acuerdo que terminaría en cinco años.
— ¿Scarlett? — escuché su voz, intentando llamar mi atención mientras apretaba un poco más su agarre sobre mi mano. Eso me hizo regresar a la realidad. Levantar la mirada para una vez más terminar perdiéndome en el gris de sus ojos. Y por primera vez en mi vida, desee aferrarme a esto: a la ilusión de que fuera real. Al deseo de que él sintiera, de la misma forma que yo lo hacía, que esto ya no era un contrato.
Me forcé a esbozar una sonrisa. Andruw pareció dudar por un instante mientras me miraba como si deseara descubrir en mis ojos aquello que mi boca callaba, la duda ensombreció sus facciones por tan solo un segundo, hasta que él también sonrió y retomamos nuestro camino hacia donde el juez esperaba con su semblante severo.
— ¿Estamos listos? — preguntó el juez, mirándonos a ambos.
Andruw una vez más apretó suavemente mi mano.
— Lo estamos — respondió Andruw por los dos. Yo solo asentí, demostrando que estaba de acuerdo.
Nos acomodamos en nuestro lugar correspondiente. Al igual que lo hicieron los invitados.
Vi de reojo a Liam en los brazos de un hombre que no conocía, pero se veía tranquilo, incluso feliz, no pude evitar sonreír, sintiendo la calidez da saber que mi hijo ahora comenzaba a tener en su vida muchas más personas que lo amaban.
Mi atención regreso al juez cuando este comenzó a hablar, pero las palabras parecieron flotar a mi alrededor, formales, legales, cargadas de significado. Habló del matrimonio como un contrato, como una alianza, como un compromiso.
Yo escuchaba, pero apenas procesaba. Porque mi mente estaba en otro lugar, perdida en el recuerdo de la primera vez que vi a Andruw, en aquel penthouse, con los ojos nublados por las drogas y la vulnerabilidad asomándose por las grietas de su fachada de hombre poderoso.


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