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Dr. Arrogante me convertí en la madre de su hijo romance Capítulo 30

Scarlett Valenti.

El techo de la habitación de invitados era un enigma blanco que se negaba a revelarme sus secretos. Llevaba horas mirándolo, contando las grietas invisibles en la pintura, repasando una y otra vez el mapa de mis propios pensamientos.

No había dormido.

Ni un solo minuto.

Cada vez que cerraba los ojos, el recuerdo del beso me golpeaba con la fuerza de un tren de carga. El sabor de Andruw en mis labios. La forma en que sus manos recorrían mi espalda como si estuviera aprendiendo una lección que no quería olvidar. El gemido grave que había vibrado contra mi pecho.

Me llevé las manos al rostro, queriendo borrar la sonrisa tonta que se negaba a abandonar mis labios.

— Eres una idiota — murmuré a la almohada —. Solo fue un beso.

Pero mi corazón, ese traidor insolente, se encargó de recordarme que no había sido "solo" nada. Había sido el primer beso verdadero después de tantos acorralamientos, tantas miradas, tantas huidas.

Había sido el momento en que dejé de luchar.

El reloj de la mesita marcaba las 6:43 de la mañana cuando, finalmente, mis párpados comenzaron a pesar. El sueño, ese viejo amigo que me había abandonado en la madrugada, parecía dispuesto a perdonarme.

Cerré los ojos.

Respiré hondo.

Y entonces...

Toc, toc, toc.

Mi corazón dio un vuelco. Abrí los ojos de golpe, girándome en la cama para mirar la puerta de madera oscura que separaba mi refugio del mundo exterior.

El sueño se esfumó como humo entre los dedos.

— ¿Scarlett? ¿Estás despierta? — la voz de Elizabeth sonó al otro lado, cargada de una energía que me pareció criminal a esas horas de la mañana.

Intenté responder, pero mi garganta solo emitió un sonido ronco e ininteligible. Tosí, me incorporé, y lo intenté de nuevo.

— Sí... sí, estoy despierta — mentí. Porque llevar horas despierta no contaba como "estar despierta" a las seis y media de la mañana.

La puerta se abrió sin ceremonia, y Elizabeth entró como un huracán vestido de seda. Su cabello caía sobre sus hombros, sus ojos brillaban con una emoción que solo podía compararse con la de un niño en la mañana de Navidad.

— ¡Por fin! ¡Pensé que nunca ibas a responder! — exclamó, dejando caer una bolsa enorme sobre la cama —. No sabes la de cosas que tenemos que hacer hoy. ¡Tu boda! ¡Tu boda, Scarlett! ¿Puedes creerlo?

No. No podía creerlo.

— Elizabeth, son las seis y media de la mañana — protesté, frotándome los ojos —. La boda no es hasta las once.

— ¿Y? — respondió ella, como si mi argumento fuera ridículo —. Una novia necesita horas para prepararse. ¡Horas! El maquillaje, el caello, el vestido... ¡Dios, el vestido! No puedo esperar a que lo veas.

Suspiré, rindiéndome ante su entusiasmo. Sabía que no iba a ganar esa batalla. Nadie ganaba una batalla contra Elizabeth Carnegie cuando se proponía algo.

Liam, que dormía en la cuna junto a la ventana, comenzó a agitarse. Los pequeños sonidos de despertar, esos gorjeos que anunciaban que el bebé estaba a punto de reclamar atención, llenaron la habitación.

Elizabeth se giró hacia la cuna como si un imán la atrajera. Sus tacones resonaron contra el suelo mientras se acercaba.

— ¡Y este caballerito — dijo, inclinándose sobre la cuna con una sonrisa que iluminaba su rostro — se va a ir con su papi a alistarse para la boda!

Liam la miró con sus enormes ojos grises, esos que eran un calco de los de Andruw, y parpadeó.

— ¿Verdad que sí? — continuó Elizabeth, extendiendo sus brazos hacia él con una delicadeza que contrastaba con su energía arrolladora —. ¿Verdad que sí, mi amor?

Liam, bendito sea, respondió con una sonrisa desdentada que hizo que Elizabeth soltara un suspiro dramático.

— ¡Ay, Dios mío! ¡Es idéntico a Andruw! ¡Hasta en la forma de sonreír! — exclamó, cargándolo con una suavidad que parecía irreal en alguien tan exuberante —. Va a romper corazones, este niño.

Capítulo 30: Llegó la hora. 1

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