—Doctora, de verdad, ¡dan ganas de arrodillarse ante usted!
—Sí, ¡qué bárbara!
—A esta edad y ya es así de buena, nos deja a todos los especialistas veteranos en ridículo. Así es esto, los jóvenes van arrasando y a nosotros ya nos va dejando la marea en la orilla.
Las voces de asombro y admiración se mezclaban por todo el quirófano.
Regina no se distrajo con los halagos, se mantuvo completamente enfocada en la operación. Su mirada se mantenía fija, tensa, mientras sus manos seguían moviéndose con precisión. El tiempo se estiraba, cada minuto parecía eterno. Solo cuando llegó el momento de cerrar, pudo dejar escapar un suspiro largo y hondo.
—Listo, ya pueden empezar a suturar —anunció, dando un paso atrás, sintiendo por fin que el peso en sus hombros se aligeraba.
Otro médico tomó el relevo. Aunque iba con calma, no se le escapaba ningún detalle; sus puntadas iban perfectas, una tras otra. Todos esperaban pacientes, observando el proceso final hasta que, por fin, concluyeron por completo.
Ya fuera del quirófano, los médicos caminaban juntos por el pasillo, sin dejar de elogiar a Regina. Decían sin tapujos que, si el caso hubiera recaído en ellos, jamás habrían conseguido un resultado tan bueno. Algunos no podían ocultar el asombro ante la habilidad de Regina; les parecía casi milagroso lo que había logrado.
—No sé cómo lo haces —comentó uno, meneando la cabeza—. Lo tuyo es de otro nivel.
—En fin, lo que importa es que la cirugía fue un éxito. El señor Heredia está fuera de peligro —resumió otro, con alivio.
—¡Eso es! No por nada le llaman la gran doctora. Aprendí muchísimo en esta operación, la verdad.
—Igual yo —se sumó otro—. Y lo mejor es que la doctora Regina comparte todo, no se guarda nada.
—Doctora, ¿todavía acepta aprendices? Si no, pues nos apuntamos de una vez como sus discípulos.
Regina miró a los médicos mayores, sintiendo una mezcla de emociones difíciles de definir. Por un lado, la satisfacción de haber salvado otra vida; por el otro, cierta tristeza ante la súplica en sus miradas.
—Por ahora no estoy aceptando aprendices —respondió con una sonrisa—. Pero si surge algo, les aviso.
—Bueno, si no hay nada más, yo me retiro.
Apenas puso un pie fuera del quirófano, el bullicio la envolvió. Los hombres de Enzo llenaban el área de espera, más de cien personas, apretujadas hasta bloquear los pasillos. Pablo, arrinconado por la multitud, solo podía mirar resignado.
—Señorita Jiménez, ¿cómo salió todo? ¿La cirugía fue un éxito?
—¿El señor Heredia está bien? ¿No hubo complicaciones?
—¿Ya terminó todo bien?
Las preguntas caían una tras otra, alborotando aún más el ambiente.
—La cirugía fue un éxito total —dijo Regina, alzando la voz para que todos la escucharan—. No hay nada grave, solo hace falta cuidarlo bien en adelante.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: El Ángel Guardián a Mi Lado