El murmullo entre la gente no paraba, como si todos hubieran olvidado el motivo original por el que estaban ahí y ahora solo vivieran para presenciar ese duelo entre Salomé y Regina.
El semblante de Salomé se descomponía poco a poco, incapaz de disimular lo mal que se sentía. Ella también anhelaba mostrarse tranquila, deseaba proyectar la misma confianza relajada que Regina irradiaba, como si nada de esto le importara.
Al fin y al cabo, ella era Salomé, la hija de Romeo. Y más aún, todos esos ojos estaban fijos en ella, esperando ver de qué estaba hecha.
No podía permitir que la vieran caer.
Apretó los dientes y miró de frente a Regina. Por dentro, la ansiedad le apretaba el pecho y sentía que estaba a punto de perder el control. Inspiró hondo y, fingiendo ligereza, soltó:
—Tienes razón, esta vez tuviste suerte. Así que sí, he vuelto a perder.
—Bueno, supongo que hoy la suerte me sonríe —respondió Regina, dedicándole una sonrisa tranquila—. ¿Srta. Beltrán, quiere que sigamos?
—Por supuesto que sí —reviró Salomé, entrecerrando los ojos con determinación.
Sin poder evitarlo, echó un vistazo hacia donde estaban Romeo y Violeta. Ambos le hicieron un leve gesto de negación, sugiriendo que era mejor detenerse.
Pero la idea de haber perdido dos veces la carcomía por dentro. No podía resignarse. Su orgullo no se lo permitía.
Ella era Salomé, había aprendido a apostar desde muy joven al lado del mismísimo rey de las apuestas. De pequeña, todos decían que tenía talento, ¿cómo podía permitir que Regina la derrotara así?
Y mucho menos podía darse el lujo de perder frente a todos ellos.
Con el ceño endurecido y sin titubear, Salomé se dirigió a Regina:
—¡Última ronda!
Empujó todas sus fichas al centro de la mesa.
—Aquí tienes cinco millones. Si ganas, son todos tuyos.
Regina alzó las comisuras de los labios, divertida.
—De acuerdo. Si la Srta. Beltrán quiere jugar, yo no tengo problema en seguir hasta el final. Pero, ¿qué le parece si cambiamos la dinámica?
Salomé la observó fijamente, dudando si aquello era una trampa o un simple reto.
—¿Quieres cambiar las reglas?
—Me da igual —contestó Regina, manteniendo la serenidad y esa actitud que parecía inquebrantable.
—Entonces no cambiamos nada —declaró Salomé, sin querer dar pie a que los demás pensaran que tenía miedo.

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