—¿¡Qué dijiste!? —exclamó Noé con los ojos abiertos como platos—. ¡Pablo, tu esposa intentó envenenar a nuestro señor Heredia, y todavía te atreves a decir que él es el malintencionado! ¡Tu familia entera es la peor!
—¡Suéltalo! ¡Deja a nuestro señor Heredia en paz!
—¡Señor Heredia, lo llevo directo con el doctor!
—No hace falta buscar un doctor, Regina no me envenenó, ella me está ayudando —intervino Enzo, aunque su voz ya sonaba débil.
La cabeza de Enzo ya le daba vueltas antes, pero ahora, con el griterío de Noé, sentía que le iba a estallar. Noé tenía una voz tan escandalosa que atrajo la atención de medio hotel. En pocos segundos, un montón de curiosos se arremolinaron para mirar el espectáculo.
Regina ya quería cubrirse la cara de la vergüenza y salir corriendo. Observó a Enzo, luego a Noé, y suspiró.
—Si de veras tienen un doctor que sea bueno, pues llévenlo con él, no tengo problema —dijo Regina.
Apenas iba a dar un paso cuando Enzo la sujetó con fuerza del brazo.
—¡Ayúdame! —suplicó él, con la mirada nublada.
—¿Ayudarte? —Regina lo miró directo a los ojos—. Tu asistente no confía en mí, mejor déjalo así.
—No, no. Este veneno es raro. Tú tienes que ayudarme —insistió Enzo, aferrándose a ella como si fuera su última tabla de salvación.
Enzo apenas lograba mantenerse en pie, y de repente, su cuerpo perdió fuerzas y cayó pesadamente hacia adelante. Noé, torpe y lento, no alcanzó a sostenerlo, pero Regina reaccionó rápido y logró sujetarlo del cuello de la camisa antes de que se fuera de bruces al suelo.
Con una mezcla de resignación y fastidio, Regina murmuró:
—Miren, su señor Heredia ya se desmayó. Decidan rápido si lo llevan con un médico o si mejor lo ayudo yo aquí mismo.
—¡Señora, no los ayude! ¡Que se mueran si quieren! —aventó Pablo, cruzado de brazos.
—Ese Enzo siempre está compitiendo con nuestro señor Morillo, nada le basta, siempre tiene que pelear todo, ¡usted va a salir perdiendo! —agregó Pablo, tratando de convencer a Regina de no intervenir.
—¡¿Cómo puedes ser tan mala leche?! Nuestro señor Heredia solo compite con Morillo como debe ser, ¡todo es juego limpio! —le reviró Noé, encarándolo.
—¿Y ahora resulta que andas deseando que los demás se mueran? —bufó Noé.

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