La comisura de los labios de Enzo tembló, asintiendo con resignación.
—Así que eras tú.
Regina observó a Noé, que parecía no captar ni la mitad de lo que pasaba, y no pudo evitar sentir todavía más compasión por Enzo.
—¡Vaya que te ha tocado difícil!
Pablo ya no tenía energías para seguir discutiendo con Noé; pelear con él le daba la sensación de estar perdiendo el tiempo.
—A juzgar por sus caras, parece que tienen mucho que decir, pero nadie lo suelta —Noé los miró confundido, sintiendo un poco de fastidio—. Si tienen algo que decir, díganlo de una vez. Si no hablan, ¿cómo quieren que adivine?
—¿Tu manzana? ¿Quién te la dio? —preguntó Enzo, cansado.
—Una chica —respondió Noé, todavía sin entender el problema—. ¿Qué tiene la manzana de malo?
Su torpeza le impedía darse cuenta de lo evidente.
—Señor Heredia, ahora sí entiendo que lo suyo no es nada fácil —comentó Pablo, mirando a Enzo con una mezcla de lástima y asombro—. ¿Tienes algún gusto raro o por qué insistes en tener a alguien así a tu lado? ¿No será que te urge que te envenenen pronto?
—¡Oye, parece que me estás insultando! —protestó Noé, frunciendo el entrecejo.
—Más o menos, eso estoy haciendo. ¿No lo captas? —aventó Pablo, negando con la cabeza—. Qué tragedia.
—¿Tragedia de qué? Yo no tengo nada de trágico.
—Lo decía por tu jefe. Pobrecito, ¿cómo le tocó alguien como tú? —Pablo se encogió de hombros.
—La manzana que le diste al señor Heredia seguramente estaba envenenada —intervino Regina, lanzándole una mirada seria a Noé para advertirlo.
Noé se quedó de piedra.
—¿Mi manzana tenía veneno?
—¿Era solo una manzana y se la diste directo al señor Heredia? —preguntó Regina, tanteando.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: El Ángel Guardián a Mi Lado