—¿Este tipo de veneno? —Enzo lo había escuchado antes y sabía perfectamente lo peligroso que era.
Jamás se le habría ocurrido que alguien pudiera atreverse a intoxicarlo con algo así.
¿Quién podría haberlo hecho? ¿Quién tenía tal rencor o era tan despiadado como para llegar a esos extremos?
Era mucho peor que simplemente matarlo de un solo golpe.
—Este veneno es de lo peor —comentó Regina, con el ceño fruncido—. ¿Te metiste con alguien? ¿Lastimaste a alguien a tal grado que decidieron hacerte esto?
—Por suerte llegué justo a tiempo —continuó—. Apenas llevabas poco con el veneno en tu sistema, así que sacártelo no fue complicado.
—Pero si hubiera pasado más tiempo, el daño al sistema nervioso y al cerebro habría sido irreversible. Ahí sí que ya no habría nada que hacer.
—Sé que no te gusta deber favores —añadió, sacando su lado práctico—. Así que, esta vez te cobro lo mismo que cualquier otro encargo. Me depositas el dinero en mi tarjeta y estamos a mano.
Regina le envió la información bancaria y la tabla de precios a Enzo.
[Te lo mandé a tu celular.]
—Toma, esto es para limpiar los restos del veneno —dijo, entregándole un pequeño frasco de cerámica—. Una pastilla al día por tres días y listo.
Enzo aceptó el frasquito, dudando un momento antes de mirar a Regina.
—Gracias.
—No tienes de qué, al final es un trabajo pagado.
Sin añadir nada más, Regina se despidió cortante y, llevándose a Pablo, se retiró.
El señor Heredia parecía perdido en sus pensamientos, tratando de entender quién lo había atacado y por qué. No dijo ni una palabra más.
...
De regreso a su habitación, Regina echó un vistazo a Pablo.
—¿Ya le avisaste a tu jefe Morillo? —preguntó de repente.
—¿Qué? —Pablo casi brincó del susto.
—Lo de que ayudé a su rival —aclaró Regina—. Acabo de salvarle la vida al señor Heredia, ¿no crees que tu jefe debería saberlo?

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