Boris miró a Camilo de reojo y arrugó la frente, dejando ver su incomodidad.
—No creo que Regi sea ese tipo de persona.
—¿Cómo no? Ahora ya no tiene nada que ver con la familia Jiménez, seguro que es capaz de cualquier cosa.
—Y si de verdad quiere hacer algo, tampoco es que podamos evitarlo.
Boris soltó un suspiro y negó con la cabeza.
—Se nota que se lleva bien con todos ellos... En su momento, nosotros la tratamos muy mal, Camilo. Siento que ya no tiene caso seguir moliéndole la vida.
—Apenas y logramos que Salomé y la familia Morillo nos echaran la mano para sacar la empresa del hoyo, deberíamos conformarnos con eso y dejar de meternos en líos.
Boris insistió, con tono serio:
—Hay que portarnos bien y asistir a la subasta sin causar problemas. Solo estamos aquí porque la familia Morillo nos consiguió el pase, no olviden eso.
—No es momento de buscarle tres pies al gato. Lo último que nos hace falta es provocar un escándalo.
Feliciano, sentado al otro extremo, no paraba de asentir.
—Tienen razón, venimos a aprender y a ver cómo se mueve la gente de alto nivel, no a meternos en broncas.
—Si de paso hacemos algún contacto, pues qué mejor, pero si no, tampoco pasa nada.
—Papá, Boris, ¿es que no quieren que la empresa crezca? —Camilo soltó un suspiro, frustrado—. ¿No deberíamos esforzarnos más para que la compañía alcance otro nivel?
—Y aparte, ¿de verdad creen que Rafael nos está ayudando sin pedir nada a cambio?
Camilo se rio con desdén.
—La señorita Beltrán también tiene sus propios intereses. No es que nos estén haciendo el favor nomás porque sí.
—¿Entonces qué condiciones pusieron? —preguntó Feliciano, sorprendido—. ¿No que era porque Aitana es amiga de Salomé?

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