Oriana se quedó parada en la puerta del cuarto, mirándolo con una mezcla de sorpresa y desconfianza.
—¿Cómo lograste convencer a Enzo? —preguntó, frunciendo un poco el ceño.
Después de todo, Enzo y Demian eran enemigos acérrimos, y Enzo no era precisamente conocido por su amabilidad.
—¿No te va a dejar tirado en medio del mar? —añadió Oriana, mirando a Pablo de arriba abajo, como si tratara de adivinar si estaba diciendo la verdad.
—Si lo hace, ni modo, ya lo acepté —respondió Pablo, encogiéndose de hombros—. Ahora lo único que importa es la seguridad de la señora.
Oriana asintió, suspirando.
—Tienes razón… Pero si logran alcanzar a Regi, por favor, cuídala. ¡Haz lo que sea necesario!
—Pablo, si llegas a ver a Regi y puedes avisarme, mándame un mensaje, ¿sí?
—Claro —dijo Pablo, asintiendo—. Usted también cuídese, señorita Uribe. Yo me voy de inmediato.
Apenas terminó de hablar, Pablo tomó su maleta y salió rumbo a buscar a Enzo.
Finalmente, Pablo se fue con Enzo, quien, para sorpresa de todos, cumplió su palabra. Dijo que lo llevaría con él, y en efecto, se lo llevó.
Apenas bajaron del crucero, se dirigieron directo a un aeropuerto privado. Pablo siguió a Enzo hacia su avión personal, que era tan lujoso que no le pedía nada al de su jefe, el señor Morillo.
Cuando Pablo se sentó, echó un vistazo en dirección a Enzo.
Él tenía una copa de vino tinto a la mano, una bandeja llena de distintos bocadillos a su lado, todo tan ostentoso que parecía de película.
Pero Enzo no parecía tener ganas de comer ni beber. Tenía las piernas cruzadas y estaba inclinado sobre su teléfono, enviando mensajes.
Al verlo, Pablo recordó algo y empezó a escribirle también unos mensajes a Demian.
Ya había intentado comunicarse antes, pero por alguna razón, Demian no contestaba, como si hubiera desaparecido del mapa.
Así que lo único que pudo hacer fue dejarle un par de mensajes, esperando que en algún momento el señor Morillo los viera.
Después de enviar los mensajes, Pablo volvió a mirar a Enzo.
Enzo seguía concentrado en su teléfono, solo pausando para tomar un sorbo de agua de vez en cuando; el vino ni lo tocó.

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