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El Ángel Guardián a Mi Lado romance Capítulo 968

—Cualquier problema que se presente, con un poco de dinero se resuelve —comentó Tomás con una sonrisa confiada—. Señorita Jiménez, puede confiar en nosotros, somos gente capaz.

—Aunque surja algún lío, nosotros lo solucionamos por usted.

—Y si de verdad llegara a pasar algo grave, usted se retira primero y el resto déjelo en nuestras manos.

Regina asintió con la cabeza.

Sabía bien con quiénes viajaba: Tomás y los demás eran hombres que ella misma había seleccionado de entre un grupo de mercenarios. Ninguno de ellos le temía a la muerte.

Además, no tenían familia a la que regresar ni lazos sentimentales que los ataran, así que eran perfectos para este tipo de encargo.

Lo más importante era que, en el pasado, Regina les había salvado la vida. Para ellos, era su salvadora.

Y ellos nunca olvidaban a quien les tendía la mano, por eso le eran fieles.

Regina se sentía satisfecha con su equipo y, la verdad, ellos también estaban contentos con lo que ella les pagaba.

El carro avanzaba por el camino, que no era nada bueno: el traqueteo no paraba, pero fuera de eso, no pasó nada raro.

En general, el viaje iba bastante bien.

Después de varias horas de trayecto, el cansancio pegó. Decidieron buscar un sitio para hacer una pausa, comer algo y descansar un rato.

Regina se sentó bajo la sombra de un árbol y revisó el video que Óscar le había enviado.

En la pantalla, Isabella aparecía acostada en una cama, inconsciente. Era obvio que la situación era grave: su cara estaba pálida y se veía muy mal.

Regina frunció el ceño, inquieta.

—Señorita Jiménez, coma algo, por favor. Si no se alimenta, ¿cómo va a aguantar el viaje? —le dijo uno de los hombres mientras le alcanzaba un pedazo de pan y algo más de comida.

Regina negó con la cabeza.

—Ustedes coman, yo de plano no tengo hambre.

Solo de pensar en la situación de Isabella, sentía el estómago revuelto. Lo único que quería era llegar cuanto antes a su lado y hacer algo para ayudarla.

A decir verdad, Regina tampoco estaba segura de poder salvarla. Sin embargo, si ella no lo intentaba, nadie más tendría una oportunidad.

Por eso, aunque tenía miedo al fracaso, no pensaba rendirse.

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