Regina: “……”
De verdad que esto le parecía de risa, ¿apenas ahora se les ocurría acordarse de ellos? ¿No que muy rudos? ¿No iban a dejar el asunto hasta pelearse a muerte antes de reparar en los demás?
Regina, junto con Tomás y los demás, alzó las manos mostrando una actitud de rendición.
—¡Estamos aquí! —avisó con cautela.
—¿En qué podemos servirles, señores? —añadió con la voz más tranquila que pudo, aunque por dentro estaba tensa.
Uno de los hombres de uno de los bandos gritó:
—¡Estos tipos los vimos nosotros primero!
—¿No serán espías de ustedes? —acusó otro con desconfianza.
—¡No digas estupideces! ¿No serán ustedes los que los mandaron a propósito para espiarnos? —respondió otro más, a la defensiva.
—¡Nos llevamos a estos! ¡La pelea se suspende por ahora!
—¿Quién les dio permiso? ¡Nosotros no estamos de acuerdo! —saltó otro, echando chispas.
—¡Carajo! ¿No están de acuerdo? ¿No les da miedo que los arrasemos aquí mismo? Ya se olvidaron que se pasaron de la raya. Aunque hayamos firmado un acuerdo de paz, nuestro jefe dejó bien claro: el que cruce la línea, se muere. Así que no nos importa armar una masacre aquí mismo, ¡que esto termine con todos en el piso!
—¿Ustedes creen que nos vamos a quedar de brazos cruzados? ¿Creen que su general nos asusta? ¡El nuestro les da la vuelta!
—¿General? ¡Por favor! El nuestro sí que es de temer, no el suyo.
El intercambio se volvió cada vez más acalorado, hasta que los insultos pasaron a balas silbando por todas partes.
Las detonaciones llenaron el aire. Ya habían caído varios, pero lejos de calmarse, la pelea se intensificó.
Regina: “……”
Lanzó una mirada a Tomás y los otros. Por como iba la cosa, eso se iba a alargar demasiado, y ella no podía perder tiempo. La vida de Isa era lo más importante.
—¿Señorita Jiménez, avanzamos? —le susurró Tomás, que ya había captado la urgencia en los ojos de Regina. Sabía que, si no quedaba otra, tendrían que abrirse paso a la fuerza.

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