Ya todos eran adultos. Si Enzo había decidido quedarse, Regina tampoco iba a obligarlo a irse. Al final, cada quien era dueño de sus propias decisiones.
Sin embargo, había que reconocer que Enzo tenía lo suyo en cuanto a fuerza. Tal vez, llegado el momento, podrían necesitar de su ayuda.
No había pasado mucho cuando Araña volvió.
No venía solo. Traía consigo a un grupo de personas, todos con caras que no inspiraban confianza.
—¿Y ahora qué se trae entre manos? —Pablo frunció el ceño, sintiendo que algo no andaba bien.
Enzo también entrecerró los ojos, con una expresión alerta. Algo en el aire le decía que la situación estaba a punto de volverse más complicada.
Pero lo más inquietante fue el cambio en el semblante de Araña. De pronto, parecía irradiar una agresividad que no le habían visto antes. No era el tono sutil y calculador de Emiliano, ni tampoco la esencia habitual de Araña... Era alguien distinto.
Regina contuvo el aliento.
—¿Será posible que haya surgido otra personalidad? —pensó, entre sorprendida y preocupada.
Hasta donde recordaba, Araña solo tenía tres personalidades. Durante mucho tiempo ese número se había mantenido estable. A excepción de Emiliano, que siempre parecía estar evolucionando, las demás se mantenían a raya. Pero ahora, lo que tenía frente a ella era completamente distinto.
—Araña... —lo llamó Regina, tanteando el terreno.
El hombre sonrió con una mueca desconocida, alzando la cabeza con arrogancia.
—¿Araña? Jajaja... Lo siento, pero él ya no está.
Regina lo observó con atención. No era Emiliano, eso le quedaba claro. La energía era distinta, una sensación de peligro palpable.
—Tampoco eres Emiliano, ¿verdad? —preguntó, tanteando la respuesta.
—Por supuesto que no. Ese también ya se quedó dormido. Ahora este mundo es mío, ¡bienvenidos a mi mundo! —exclamó el desconocido con una mezcla brutal de alegría y locura.
El ambiente se tensó. Pablo y Enzo se pusieron en guardia; no sabían si lo que tenían enfrente era un aliado o un enemigo, pero el instinto les gritaba que debían estar listos para cualquier cosa.
Regina, por su parte, intentaba mantener la compostura. Si esa personalidad era nueva, entonces no podía prever sus reacciones, ni sabía cómo enfrentarlo. Eso lo volvía especialmente peligroso.
—¿Cuándo apareciste? —preguntó Regina, incrédula. El tipo parecía incluso más fuerte que Emiliano y, al no conocerlo, se volvía un enigma inquietante.
—¿Apenas aparecí, no lo ves? —contestó el hombre con una sonrisa torcida—. Pero yo ya te conocía desde hace mucho, Regina.
Eso la hizo estremecerse. Si llevaba tanto tiempo existiendo en las sombras, ni ella ni Araña se habían dado cuenta. Probablemente ni siquiera Emiliano lo sabía.
—¿Y cómo te llamas? —Regina apretó los labios, manteniendo la mirada fija en él.

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